Patrones del tiempo
La reforma laboral de Milei captura la vida privada del trabajador bajo la excusa de la flexibilidad.
La reforma laboral que atraviesa el Congreso no es la epopeya de modernización que promete el oficialismo ni el apocalipsis total que agita el sindicalismo tradicional, sino una sutil redistribución del poder sobre la vida cotidiana. Al desplazar el eje de la discusión desde la indemnización hacia la gestión del tiempo, el Gobierno opera una transformación cultural: el trabajador deja de tener una jornada previsible para convertirse en un recurso a disposición de la demanda. El «banco de horas» no es una herramienta de libertad, sino el mecanismo por el cual la empresa coloniza el descanso, desdibujando la frontera entre el tacho de producción y la mesa familiar.
El fantasma de la «industria del juicio» funciona como la gran distracción del debate. Mientras el discurso oficial se ensaña con una litigiosidad que estadísticamente es marginal, ignora deliberadamente a los cuatro millones de trabajadores que habitan el subsuelo de la informalidad. Esta reforma no ofrece un puente hacia la registración ni incentivos reales para el «blanqueo»; por el contrario, al precarizar las condiciones del empleo formal, achica la brecha hacia abajo. El riesgo es evidente: en lugar de subir a los informales al barco de los derechos, se termina por hundir el estándar de quienes todavía conservan el privilegio de un recibo de sueldo.
La desregulación del trabajo a domicilio y la flexibilización de las jornadas son los puntos donde la ley muerde la carne del día a día. En una Argentina donde el empleo ya no garantiza la salida de la pobreza, quitar previsibilidad al horario es quitar capacidad de organización social. Vacaciones que se vuelven un rompecabezas y francos que dependen del humor del mercado configuran una sociedad de individuos en guardia permanente. La «libertad» que se pregona termina siendo la libertad de no saber cuándo se vuelve a casa, una incertidumbre que no distingue entre cuadros jerárquicos y obreros de base.
La política de Milei apuesta a que la Argentina sea competitiva por vía de la reducción de costos humanos, asumiendo que el derecho laboral es un estorbo para el desarrollo. Sin embargo, la historia del siglo XX demuestra que la productividad real nace de la estabilidad y la inversión técnica, no de la fatiga del operario. Al desproteger sectores como el trabajo doméstico o el teletrabajo, el Estado se retira de su rol de árbitro para dejar que la asimetría natural del mercado haga su tarea. Lo que queda no es un sistema más ágil, sino un ecosistema más áspero, donde el trabajador queda solo frente a la estructura.
Al final del día, la pregunta que los trabajadores se hacen en las recorridas por el conurbano y las provincias es tan simple como política: ¿cómo se vive trabajando bajo estas nuevas reglas? La respuesta no está en los artículos de la ley, sino en la erosión de la calidad de vida. Una reforma que no tiene como centro la mejora de las condiciones de existencia es, en última instancia, una reforma contra la sociedad. La verdadera modernización debería ser el camino hacia un trabajo con sentido y tiempo propio, no la entrega del reloj a cambio de la promesa de no ser despedido.

