La liquidez del náufrago
El superávit fiscal de Javier Milei es una medalla de oro en un país que se queda sin oxígeno.
Argentina cierra 2025 atrapada en una paradoja técnica que solo los mercados emergentes pueden engendrar: es un país solvente en los papeles, pero insolvente en la caja. El experimento de Javier Milei ha logrado lo que parecía imposible —reducir la inflación del 117% al 31% y clavar la bandera del superávit financiero—, pero el costo ha sido la entrega total de la autonomía monetaria. Hoy, la estabilidad del peso no depende del Banco Central, sino de la voluntad política del Tesoro de los Estados Unidos. La intervención directa de Scott Bessent vendiendo dólares para frenar corridas en octubre es el certificado de defunción de la soberanía económica: somos una economía equilibrada, sí, pero bajo tutela extranjera.
El «iceberg» de la deuda es el dato que la narrativa oficial prefiere omitir. Mientras el superávit financiero del 0,6% se exhibe como un trofeo en Davos, por debajo de la línea de flotación se acumulan intereses capitalizados que engrosan los vencimientos de 2026. Con un muro de pagos que supera los u$s 30.000 millones para el año entrante, el margen de error ha desaparecido. El mercado voluntario de crédito sigue cerrado y el reciente rescate de u$s 20.000 millones del FMI —que exigió el abandono del esquema fijo por bandas cambiarias— deja al descubierto que la Argentina de la «libertad» es, en realidad, el paciente más vigilado del mundo financiero.1
[Image showing the contrast between fiscal surplus and negative net reserves]
La inflación ha encontrado un piso pegajoso en el 2% mensual, una «trampa» que amenaza con devorarse la competitividad recuperada.2 La resistencia de los precios regulados y la indexación inercial sugieren que la «motosierra» ya no tiene tela para cortar sin provocar un estallido social. Con una industria manufacturera que cierra el año un 9% por debajo de los niveles de 2023 y una pérdida de casi 160.000 empleos privados, el rebote en «V» parece más un espejismo de los sectores extractivos (minería y energía) que una realidad para el consumo masivo. La economía está partida: el país que exporta litio y gas vuela, mientras el país que produce y consume en el mercado interno se arrastra.
El frente cambiario inicia 2026 operando peligrosamente cerca del techo de la banda.3 El BCRA está atrapado en un juego de suma cero: sin reservas netas robustas (el desfasaje con la meta del FMI roza los u$s 12.000 millones), cualquier estornudo en Wall Street obliga a vender lo que no se tiene. La dependencia del «swap» estadounidense y la ayuda de la administración Trump han evitado el colapso, pero han transformado al equipo económico en una oficina de gestión de crisis permanente. La pregunta para el inversor ya no es si Milei tiene la voluntad de pagar, sino si tendrá los dólares físicos para hacerlo cuando los vencimientos de enero golpeen la puerta.
En definitiva, la Argentina de 2025 es un caso de éxito contable y fragilidad externa extrema. El Gobierno ha construido un edificio fiscal impecable sobre un suelo de arena cambiaria. Si en 2026 no se logra perforar el piso del 2% de inflación y reabrir los mercados, el equilibrio financiero será recordado como una proeza inútil en medio del naufragio. La solvencia sin liquidez es una ilusión óptica; y en Argentina, las ilusiones ópticas suelen terminar en devaluaciones bruscas. El 2026 no será un año de crecimiento, sino la prueba de fuego definitiva para saber si este modelo puede sobrevivir sin el suero de Washington.

