El desierto de los fierros
La industria retrocede a niveles de posguerra cambiaria mientras el consumo le suelta la mano a las fábricas.
El dato del INDEC es una ducha de agua fría para el entusiasmo oficialista post-electoral: la producción industrial cayó por tercer mes consecutivo y tocó su punto más bajo en casi un año y medio. Ni la «pax financiera» ni la validación en las urnas lograron encender las calderas de un sector manufacturero que cruje bajo el peso de una apertura comercial asimétrica. El índice de producción no solo bajó un 0,6% mensual; el derrumbe del 8,7% interanual revela que la estructura fabril argentina está operando en modo supervivencia, lejos de la reactivación en «V» que se proyectaba en los despachos de Economía.
La caída tiene nombres y apellidos: textiles, automotrices y electrodomésticos. No es casualidad que los sectores más golpeados sean precisamente aquellos donde el «boom» de importaciones golpea de frente contra una demanda interna anémica. La industria textil, con una baja del 22,7%, es el síntoma de una política que prioriza el precio de góndola por sobre el empleo en el taller. En los hogares, la caída del 39,7% en la fabricación de lavarropas y heladeras cuenta una historia de heladeras vacías y electrodomésticos importados que ganan la batalla por el estante, mientras las líneas de montaje locales se llenan de polvo.
El escenario automotriz agrega un componente geopolítico sombrío. El retroceso del 20,7% no solo se explica por la invasión de vehículos terminados en el mercado local, sino por el enfriamiento del principal socio comercial. Brasil, seducido por la agresiva penetración de los autos chinos en la región, le ha soltado la mano a las terminales argentinas. En este nuevo mapa, la industria local queda atrapada en una pinza: un mercado interno que no puede comprar y un mercado regional que prefiere lo que viene de Oriente. La competitividad argentina, lastrada por costos que no bajan a la velocidad de los aranceles, se queda sin aire.
La dualidad de la era Milei se vuelve hoy más nítida que nunca. Mientras el petróleo y los alimentos son los únicos náufragos que logran mantener la cabeza fuera del agua gracias a la exportación de materias primas, la industria transformadora —la que genera valor agregado y empleo formal— se marchita. Es la consolidación de un modelo de «dos velocidades»: una economía extractiva y de servicios básicos que vuela, y un tejido industrial que se desintegra frente a una competencia para la que no fue preparada.
El 2025 cierra, a falta de un mes, con una paradoja política. El Gobierno tiene los votos y tiene la caja, pero se está quedando sin fábricas. Si el plan de modernización implica transformar el conurbano industrial en un centro de distribución de productos importados, los costos sociales tarde o temprano perforarán el blindaje financiero. La industria no pide subsidios eternos, pide un campo de juego nivelado; de lo contrario, la «modernización» será simplemente el nombre elegante para un proceso de desindustrialización que Argentina ya conoce y del que nunca salió indemne.

