La trama del desierto

El cierre de TN & Platex marca el regreso de una Argentina que sustituye el trabajo por la importación y la industria por la especulación laboral.

La imagen de la planta de Hilados SA con las máquinas apagadas en Los Gutiérrez no es un accidente de mercado, sino el resultado deliberado de una política que eligió el «industricidio» como método de estabilización. El grupo de Teddy Karagozian, alguna vez cercano al ecosistema libertario, hoy ejecuta en Tucumán y La Rioja la coreografía clásica de los años noventa: ante el dólar barato y la apertura indiscriminada, la producción nacional se vuelve un estorbo que debe ser liquidado. El drama de casi 200 familias suspendidas con salarios recortados es la cara humana de un modelo que utiliza la recesión para disciplinar costos y la importación para anclar precios, transformando el tejido productivo en un cementerio de galpones vacíos.

En las asambleas de los trabajadores textiles, la sospecha tiene nombre de ley: reforma laboral. El mecanismo de suspensiones, deudas salariales y presiones para retiros voluntarios del 70% parece esconder una maniobra de recambio estructural; vaciar las plantas hoy para reabrir mañana bajo condiciones de precariedad absoluta, amparándose en la desregulación que promueve La Libertad Avanza. Antonio Soria, con 35 años de oficio, es el testigo de este dejà vu cruel, donde la experiencia obrera no es un activo a preservar sino una carga de la que las empresas intentan desprenderse apelando al artículo 247 de la LCT para pagar indemnizaciones de miseria.

Los números de la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA) son una autopsia en tiempo real: una caída interanual del 24% y una capacidad instalada que apenas roza el 32%. Estos valores, que remiten a los peores meses de la pandemia, ocurren hoy sin virus mediante, provocados quirúrgicamente por la caída del consumo interno y una avalancha de productos terminados que entran por la aduana con la ventaja de un tipo de cambio apreciado. Producir hilos en Argentina se ha vuelto una quijotada frente a una indumentaria extranjera que llega más barata, no por mayor eficiencia, sino por una arquitectura económica que premia al importador y castiga al fabricante.

Este proceso de desguace no se limita al norte tucumano; la reestructuración en Monte Caseros y el cierre de la planta de confección en La Rioja confirman un patrón geográfico de abandono. El programa de Luis Caputo parece haber sentenciado que ciertas actividades ya no tienen lugar en la «nueva Argentina», delegando el destino de miles de operarios a la mística de una reactivación que nunca llega a las fábricas. Mientras el Gobierno celebra la baja de la inflación, el sector textil ha perdido 16.000 puestos de trabajo registrados en poco más de un año, una sangría que desmiente cualquier épica de crecimiento sostenible.

La paradoja es total: el mismo Estado que pregona la libertad de mercado deja a la industria nacional a merced de una competencia asimétrica mientras promueve leyes que facilitan el despido. El caso de TN & Platex es la punta de un iceberg que amenaza con hundir definitivamente la densidad del entramado social en las provincias. Sin mercado interno no hay industria, y sin industria, la promesa de progreso libertario se reduce a una Argentina exportadora de materias primas con una masa de trabajadores tercerizados, precarizados y sin futuro.