La falacia de la máquina

El pánico frente a la IA repite el error de confundir la metamorfosis del capital con el fin del trabajo.

La narrativa del «apocalipsis robótico» que inunda el debate público en este inicio de 2026 no es más que un síntoma de pereza intelectual. Al igual que los luditas del siglo XIX que martillaban telares mecánicos o los tecnófobos que auguraban el fin de la civilización con la llegada de Internet, los sectores que hoy señalan a la inteligencia artificial como el verdugo del empleo parten de una premisa falsa: la idea de que el volumen de trabajo en el mundo es una torta fija que se achica con cada algoritmo. La historia, ese juez implacable que no lee titulares de clickbait, demuestra lo contrario: la tecnología no destruye empleo, lo desplaza, lo sofistica y, fundamentalmente, lo multiplica.

Culpar a la IA por los despidos actuales es, en la mayoría de los casos, una operación de marketing empresarial para encubrir la debilidad de la demanda o una mala gestión previa. Los datos son claros: solo una fracción mínima de las cesantías es atribuible directamente a la automatización. Lo que estamos viendo es el uso de la IA como un «pretexto retórico» para racionalizar estructuras ineficientes. La máquina no viene a suplantar al humano, sino a absorber la tarea repetitiva y monótona —aquella que Marx llamaba trabajo alienado— para liberar la potencia creativa y estratégica que es, por definición, irreductible a un código binario.

La verdadera brecha no es tecnológica, sino educativa. Si el mercado laboral del 2025 mostró tensiones, no fue por exceso de innovación, sino por la parálisis de las instituciones que deberían formar a los trabajadores del futuro. Ya existen profesiones —ingenieros de prompts, especialistas en ética algorítmica, supervisores de sistemas autónomos— que eran ciencia ficción hace apenas un lustro. El desafío no es frenar el avance del silicio, sino acelerar la actualización de las habilidades humanas. Demonizar la herramienta es la salida fácil de quienes renuncian a liderar la transición hacia un modelo donde la productividad y la dignidad laboral crezcan en paralelo.

Lejos de ser un lujo o una amenaza, la IA es hoy la condición de supervivencia para cualquier industria que pretenda competir en un ecosistema global. Las empresas que no integren la automatización no solo perderán mercados, sino que condenarán a sus trabajadores a la obsolescencia. La inteligencia artificial actúa como un multiplicador de valor: al asumir el riesgo y la rutina, permite que el talento se desplace hacia la supervisión avanzada y la co-creación. El trabajo no desaparece; se transforma en una actividad más humana, menos mecánica y más vinculada a la resolución de problemas complejos que solo nosotros podemos identificar.

En definitiva, la IA no es el síntoma de una crisis, sino el motor de una nueva era de abundancia productiva. La electricidad no dejó al mundo a oscuras ni Internet nos aisló; ambas expandieron las fronteras de lo posible. Con la inteligencia artificial sucederá lo mismo: el miedo vende periódicos, pero la innovación construye futuro. El objetivo debe ser dominar el cambio y moldearlo para fortalecer el trabajo, entendiendo que el progreso técnico es el aliado más potente para dignificar la labor humana y sacarla, de una vez por todas, del barro de la repetición inservible.