La fábrica de sombras

El derrumbe del empleo confirma que el gobierno libertario excluye a la clase trabajadora.

La estadística oficial de octubre ha terminado por demoler la épica de la recuperación en «V» para transformarla en una «L» persistente y dolorosa. Con la pérdida de casi 18.000 puestos de trabajo asalariado en un solo mes —la cifra más roja en un año y medio—, el modelo de Javier Milei termina de transparentar su fisonomía: una economía de enclave que celebra el éxito financiero mientras las terminales fabriles y las obras en construcción se vacían de gente. No es un bache estacional ni un efecto del ruido electoral; es el resultado de un programa que no tiene la creación de empleo de calidad entre sus metas, sino como un residuo descartable de la eficiencia fiscal.

El «industricidio» que denuncian los gremios hoy tiene el respaldo del SIPA: 60.000 puestos menos en la industria manufacturera en dos años, con sectores como el textil retrocediendo un 15% frente a los niveles de 2023. Lo que resulta más alarmante es la naturaleza del modelo de crecimiento que propone el Ejecutivo: sectores como la minería, el petróleo o las finanzas, que muestran números verdes en actividad, no logran absorber la mano de obra expulsada por la producción tradicional. Estamos ante un crecimiento extractivo y poco intensivo, una Argentina que exporta valor pero importa desempleo, dejando a la deriva a miles de operarios que no encuentran lugar en el esquema del capital globalizado.

La respuesta del mercado a este vaciamiento no es la modernidad, sino la precarización bajo el disfraz del emprendedorismo. El incremento de 112.300 monotributistas es la contracara de la caída de 270.900 asalariados totales (entre privados, públicos y casas particulares). El Gobierno festeja la estadística del cuentapropismo como una muestra de vitalidad, cuando en realidad es el refugio de quienes han perdido la cobertura de salud, los aportes jubilatorios y la estabilidad del sueldo a fin de mes. El «salario» ha dejado de ser un derecho garantizado para convertirse en una variable de ajuste errática que, tras un breve espejismo a principios de 2025, ya encadena tres caídas reales consecutivas.

La ilusión del «salario ganándole a la inflación» se evaporó en el segundo semestre. La realidad que describe Leopoldo Tornarolli es la de una calesita de ingresos donde el trabajador formal corre cada vez más rápido para quedarse en el mismo lugar, o peor aún, para retroceder un 1,4% desde el pico de febrero. En este escenario, la falta de incentivos para el registro laboral y el deterioro del poder de compra de los propios empleadores (como sucede en el servicio doméstico) crean un círculo vicioso de informalidad y baja demanda. El ajuste ya no es solo sobre el gasto público; es una pinza que aprieta el consumo interno hasta asfixiarlo.

En definitiva, la gestión libertaria está logrando el objetivo que el manual de Luis Caputo siempre escondió: una economía con inflación estancada en el 3% pero con un mercado laboral disciplinado por el miedo al despido y la pérdida de ingresos. La estabilidad que hoy se pregona desde la Casa Rosada se sostiene sobre los escombros de la movilidad social ascendente. Sin una política activa que priorice el empleo industrial y la recuperación del salario por sobre la renta financiera, el futuro de la Argentina no será el de una potencia tecnológica, sino el de una sociedad fragmentada donde el trabajo formal será un recuerdo del pasado.