Gestionar la abundancia de espacio

La caída histórica de la natalidad libera recursos que podrían transformar la educación argentina si la política logra vencer la inercia.

La Argentina se encamina hacia un escenario inédito: el fin del aula abarrotada. Con una natalidad que se desplomó un 40% en la última década, la proyección para 2030 indica que habrá 1,2 millones de estudiantes menos en el nivel primario. No se trata de una crisis de vacantes a la inversa, sino de un cambio de escala estructural. El sistema, diseñado para una expansión demográfica constante, se encuentra de pronto con un «sobrante» de espacio y de tiempo que pone en crisis la organización escolar tal como la conocimos durante el siglo XX.

Esta contracción demográfica abre una oportunidad de oro que suele ser esquiva en tiempos de ajuste: mejorar la inversión por alumno sin necesidad de aumentar el gasto total. Al pasar de un promedio de 16 alumnos por docente a una proyección de 12, el país se sitúa en niveles de personalización educativa similares a los de las naciones más desarrolladas. El dilema, sin embargo, es político y administrativo: ¿será el Estado capaz de transformar esos cargos en figuras de apoyo y tutorías, o la burocracia simplemente dejará que los recursos se licúen en estructuras que ya no responden a la realidad?

La heterogeneidad del territorio agrega una capa de complejidad al debate. Mientras que en la Ciudad de Buenos Aires y Tierra del Fuego el repliegue de la matrícula supera el 35%, en provincias del norte el proceso es más gradual. Esta disparidad obliga a pensar en soluciones locales y flexibles. No es lo mismo gestionar una escuela rural que se queda sin alumnos que una escuela urbana de gestión privada que ve amenazada su sustentabilidad económica al perder la base de cuotas que sostiene su infraestructura.

La propuesta de especialistas de «unir cursos» para liberar docentes hacia funciones de tutoría personalizada aparece como la salida más racional, aunque choca de frente con la tradición del sistema. Reubicar perfiles docentes para acompañar las trayectorias de los chicos más vulnerables requiere un consenso pedagógico y gremial que hoy parece lejano. El riesgo latente es que, ante la falta de una hoja de ruta clara, la inercia institucional termine desperdiciando este «bono demográfico» educativo en favor de un ahorro fiscal que no mejore los aprendizajes.

En última instancia, el desafío que plantea la baja natalidad es el de la eficiencia con rostro humano. En un país con fuertes restricciones, decidir qué hacer con menos alumnos pero con la misma masa salarial será la gran discusión de los próximos años. La escuela argentina tiene hoy la posibilidad de dejar de ser una máquina de masividad para convertirse en un espacio de atención específica. Aprovechar esta ventana depende menos de la demografía y mucho más de la capacidad de imaginar un sistema que, por primera vez, no corra detrás de la falta de bancos.