La paz de los cementerios financieros

Las consultoras dibujan un país donde la estabilidad se confunde con el estancamiento.

El último Relevamiento de Expectativas del Mercado (REM) funciona como el parte médico de una convalecencia que nadie se anima a declarar terminada. Con una inflación proyectada en el 2,4% para enero y un horizonte anual del 21%, el mercado parece haber comprado el guion de la «normalización» a fuerza de resignación. Es la victoria de la macroeconomía del orden sobre la economía de la vida: los analistas ajustan sus Excel mientras la realidad social se congela en un equilibrio de baja intensidad, donde lo que se celebra no es el despegue, sino la ausencia de una explosión inminente.

La pax cambiaria es el trofeo que Luis Caputo exhibe ante una City que ya no espera saltos, sino un deslizamiento anestésico. El dólar a $1.475 para febrero y una proyección de $1.750 para fin de año revelan que el mercado ha decidido creer en la sostenibilidad del modelo, incluso si eso implica convivir con un tipo de cambio que corre por detrás de los precios. Es un pacto de no agresión donde el Banco Central administra la escasez y los financistas celebran la previsibilidad, aunque el motor productivo apenas tosa un crecimiento proyectado del 3,2% que sabe a poco tras el desierto de los últimos años.

Lo que el informe no dice, pero deja entrever en sus correcciones al alza de las tasas (TAMAR), es que la desinflación es un proceso más lento y costoso de lo que el marketing oficial sugiere. Hay un «ritmo más lento» en el recorte de tasas que funciona como el respirador artificial del sistema: si se desconecta muy rápido, el paciente vuelve a entrar en crisis. Esta cautela de las consultoras convive con un superávit comercial proyectado de USD 11.175 millones, una cifra que en otra Argentina sería síntoma de pujanza, pero que hoy parece apenas el peaje necesario para cumplir con los acreedores externos.

La estructura de este consenso de expertos dibuja una Argentina de dos velocidades. Por un lado, la pulcritud fiscal de los $16 billones de superávit primario que ningún analista se atreve a cuestionar; por el otro, una tasa de desocupación que se clava en el 6,7% como un piso difícil de perforar. Es la consolidación de un país «pagador» que ha logrado domar las expectativas de corto plazo a cambio de hipotecar la potencia del desarrollo. La política, en este escenario, se vuelve un apéndice de las proyecciones de las 33 consultoras que dictan la temperatura del humor social desde la comodidad de sus oficinas.

Finalmente, el REM de enero es el testimonio de una fe técnica que ignora el conflicto. Al proyectar un 2026 sin tensiones cambiarias relevantes, el mercado asume que la sociedad argentina ha aceptado el nuevo piso de consumo y la estabilidad como un valor supremo, incluso por encima del bienestar. Queda la duda de si este optimismo de laboratorio resistirá el contacto con un año electoral donde las planillas de cálculo suelen quemarse ante la primera ráfaga de realidad política. Por ahora, el silencio de los números es la única música que suena en el despacho oficial.