El Pacto Roca-Runciman del siglo XXI
El alineamiento con Washington entrega la soberanía sanitaria y el futuro industrial.
Bajo el disfraz de una «inserción estratégica», el gobierno nacional acaba de firmar un acta de capitulación que desmantela las últimas defensas de la producción local. Al eliminar aranceles para maquinaria y tecnología estadounidense mientras se celebran cuotas de carne bovina, la Casa Rosada no está abriendo mercados, está comprando un pasaje de vuelta al modelo agroexportador del siglo XIX. Es la nostalgia de una Argentina granja, dócil y periférica, que canjea el valor agregado y el empleo calificado por la promesa de ser el proveedor de materias primas de una potencia que no busca socios, sino satélites para su disputa geopolítica con China.
El capítulo de la propiedad intelectual es quizás el más perverso: el compromiso de adoptar «estándares modernos» es el eufemismo técnico para privatizar la salud pública. Al delegar en la FDA norteamericana funciones críticas que corresponden a la ANMAT, se está abriendo la puerta a un encarecimiento brutal de los medicamentos y al estrangulamiento de la industria de genéricos nacional. No es una mejora regulatoria, es la entrega de los cuerpos de los argentinos al lobby de las grandes farmacéuticas de Delaware, transformando un derecho básico en un activo financiero para corporaciones que ahora podrán blindar sus patentes sin control local.
La asimetría del acuerdo es tan obscena que incluso sectores tradicionalmente afines empiezan a notar el «clavo en el ataúd». Mientras la industria manufacturera y el sector automotriz se preparan para una competencia desleal con productos subsidiados, el gobierno responde con un silencio sepulcral sobre el empleo. Se estima que este «liberalismo suicida» pone en riesgo más de 400.000 puestos de trabajo en el cordón industrial bonaerense, sacrificados en el altar de un superávit comercial que solo servirá para alimentar la fuga y el pago de una deuda externa que este mismo modelo ayuda a perpetuar.
Geopolíticamente, el pacto funciona como una camisa de fuerza. Al aceptar la prohibición de importar desde países que no respeten «prácticas mercantiles» —una bala con nombre y apellido: China—, Argentina renuncia a su autonomía comercial en un mundo multipolar. Nos estamos encerrando voluntariamente en un bloque que ofrece poco dinamismo a cambio de una subordinación total, convirtiendo al país en el campo de batalla de una Guerra Fría ajena. Es un costo estratégico altísimo para un beneficio que apenas alcanza para maquillar las planillas de Caputo durante un par de trimestres antes de que la realidad productiva pase la factura.
Finalmente, este acuerdo redactado en inglés y traducido a las apuradas en Buenos Aires consolida una democracia de baja intensidad, donde las decisiones que afectan a las próximas décadas se toman de espaldas al Congreso y a la sociedad. La celebración de los mercados es, en realidad, el brindis de quienes ven en la desarticulación del Estado nacional la oportunidad para el saqueo de minerales críticos y el control de los datos personales. Lo que el oficialismo llama «progreso», la historia lo recordará como el momento en que Argentina decidió dejar de ser un país con industria para ser simplemente una jurisdicción disponible.

