La intemperie voluntaria

Argentina queda expuesta a un shock global sin redes de contención tras el desmantelamiento de sus regulaciones internas.

El experimento de Javier Milei ha decidido que la mejor forma de protegerse del viento es derribar las paredes. Con una economía abierta de par en par y una fe ciega en las fuerzas del cielo (y del mercado), Argentina se asoma al abismo de un conflicto en Medio Oriente con las reservas famélicas y la guardia baja. Lo que para el mundo es una crisis geopolítica entre potencias, para el país es un boleto de primera fila hacia una nueva corrida; el Citi ya lo advirtió: países con divisas escasas son los primeros en sufrir la «huida hacia la calidad».

El ministro Luis Caputo ensaya una honestidad brutal que suena más a desconcierto que a transparencia: «Es un shock fuerte y va a tener consecuencias». El problema no es solo la volatilidad, sino la vulnerabilidad autoinfligida. Mientras el «vuelo a la calidad» empuja a los capitales hacia el oro y los bonos del Tesoro estadounidense, Argentina queda pedaleando en el aire, con un riesgo país que amenaza con volver a las nubes y una estructura financiera que perdió sus amortiguadores naturales.

En Vaca Muerta, algunos empresarios se frotan las manos con el crudo a tiro de misil en el estrecho de Ormuz, pero esa alegría es una ilusión óptica para el resto de la sociedad. El aumento del precio internacional del petróleo es una transferencia directa de ingresos desde el bolsillo del consumidor local —que paga el combustible a precios globales— hacia las operadoras. Es la paradoja exportadora: lo que suma divisas por un lado, dispara la inflación interna por el otro, en un país que ya no tiene herramientas para desacoplar ambos mundos.

La apuesta geopolítica también entra en zona de turbulencias. El alineamiento incondicional con la administración Trump y el eje Israel-EE.UU. deja de ser una foto de campaña para convertirse en un factor de riesgo real. Como señala Pablo Tigani, la guerra no es solo un gráfico de Bloomberg; es un proceso político que puede alterar rutas comerciales y alianzas de forma permanente. Argentina subestima al cisne negro justo cuando ha decidido que las regulaciones son un estorbo del pasado, dejando al Estado como un espectador pasivo de su propia crisis.

Finalmente, el desmantelamiento de los controles de capitales y la desregulación total nos colocan en una situación de intemperie absoluta. Alejandro Vanoli lo resume con precisión: sin herramientas para amortiguar el golpe, el impacto financiero será seco. En el gran casino global, Argentina entró a jugar sin fichas propias y con las reglas dictadas por otros; ahora, cuando la mesa empieza a temblar, no hay donde sostenerse más que en una esperanza mística que los mercados, por definición, no profesan.