El algoritmo de la calle
Plaza de Mayo confirma que el consenso del Nunca Más es el último refugio frente al experimento anarcocapitalista.
El 24 de marzo dejó de ser, hace tiempo, una efeméride de calendario para transformarse en el principal hecho político de la Argentina civil. A medio siglo del golpe, la Plaza de Mayo no fue un museo de la nostalgia setentista, sino un reactivo químico frente a un Gobierno que intenta resetear la memoria bajo una lógica de mercado: si no hay rentabilidad en el recuerdo, que haya olvido. Sin embargo, la marea humana que desbordó las diagonales demuestra que el piso ético de la democracia argentina es más espeso que cualquier posteo de X. La presencia de Axel Kicillof y la liturgia de los organismos funcionaron como el contrapeso físico a una gestión que prefiere la batalla cultural en el vacío digital antes que la densidad de la movilización popular.
El dispositivo oficialista, condensado en el documental sobre «la historia completa», intenta una operación de simetría imposible. Al rescatar la «teoría de los dos demonios» en versión 2.0, la Casa Rosada no busca la verdad histórica —tarea que la Justicia ya saldó con condenas y pruebas— sino la licuación de la responsabilidad estatal. El video de una hora y cuarto es el intento de transformar un genocidio en una pelea de consorcio mal resuelta. Pero la política, como advirtió Martín Rodríguez en otras ocasiones, tiene un cuerpo que el algoritmo no puede procesar; la insistencia en los 30.000 no es una disputa contable, sino un significante de resistencia contra el desguace del Estado que hoy se ejecuta con planillas de Excel.
En el universo kirchnerista, el balcón de Cristina Fernández de Kirchner en la calle San José operó como una metáfora de la etapa actual: una centralidad que se debate entre la mística y el encierro. La advertencia de Mayra Mendoza sobre no «romantizar» esa distancia es el reconocimiento de una crisis de representación. Mientras la Cámpora se fotografía con la CGT —en un ensayo de unidad por espanto—, la figura de la ex presidenta aparece como un tótem que todos saludan pero que el sistema judicial intenta freezar. La Plaza, en ese sentido, pidió por la libertad de Cristina con la misma intensidad con la que rechazó el negacionismo, unificando en un solo grito la agenda de los derechos humanos con la urgencia de la resistencia política.
La lectura del documento fue una radiografía del presente. No solo se habló de los 800 centros clandestinos; se habló de la «colonia yanqui» y del ataque al derecho de huelga. Los organismos de Derechos Humanos han comprendido que su supervivencia no depende de la pureza del archivo, sino de su capacidad para conectar el horror del pasado con las privaciones del presente. La tesis es clara: el plan económico de Martínez de Hoz tiene ecos en el ajuste actual. Esa analogía, que para algunos suena anacrónica, para la multitud que llenó la Plaza es una clave de lectura necesaria para entender por qué, 50 años después, el conflicto por el modelo de país sigue teniendo el mismo escenario de batalla.
Finalmente, la jornada dejó un mensaje para los estrategas de la comunicación oficial: los «negacionistas» no han fracasado solo por una cuestión moral, sino por una derrota cultural en el territorio. La masividad de los jóvenes, nacidos décadas después del horror, indica que la identidad argentina está anclada en un consenso que sobrevive a las crisis económicas y a los cambios de signo político. El Gobierno de Milei puede desfinanciar las políticas de identidad, pero no puede borrar la huella genética de una sociedad que decidió, hace mucho tiempo, que el Estado no tiene derecho a matar en silencio. La Plaza de ayer fue, en definitiva, la confirmación de que la calle sigue siendo el único lugar donde la realidad no se puede editar.

