La cicatriz del orden
El cincuentenario del golpe expone la naturaleza de una masacre diseñada para demoler el empate distributivo argentino.
El 24 de marzo no fue un rayo en el cielo sereno, sino el cierre de un ciclo de violencia que los dueños del país ya no lograban disciplinar. A 50 años, el repudio no admite los matices del «contexto»: la dictadura fue una maquinaria de criminalidad serial cuyo objetivo último no era la paz, sino la desindustrialización. Martínez de Hoz y Videla fueron las dos caras de una misma moneda devaluada, el uniforme y el saco de alpaca unidos para reventar treinta años de un Estado de Bienestar que, con sus errores, permitía una paridad en la distribución del ingreso insoportable para las elites.
La memoria insiste en que el primer caído fue Bernardo Alberte, delegado de Perón, marcando a fuego quién era el enemigo principal. El peronismo, ese «hecho maldito», puso el cuerpo en las fábricas, en las aulas y en las unidades básicas; la ancha franja de los 30.000 desaparecidos está tejida con nuestra identidad política. Fuimos el blanco predilecto porque éramos el obstáculo real para un proyecto entreguista que necesitaba el silencio de los cementerios para hipotecar el futuro nacional.
Hay que decir, con la honestidad que da el tiempo, que el movimiento llegó a 1976 en su etapa más oscura. La conducción de Isabel Martínez de Perón —quien luego resistió con una dignidad carcelaria inesperada— estaba cercada por contradicciones represivas previas y una militarización de organizaciones políticas que, tras el asesinato de Rucci y el delirio de Formosa, perdieron el pulso de la calle. Esa sociedad harta de pólvora recibió el golpe con una calma que hoy nos estremece, pero que explica la profundidad del abismo que se estaba abriendo.
El terrorismo de Estado naturalizó la tortura como forma de dominación, pero su legado más persistente fue el hambre programada. Detrás de cada centro clandestino de detención funcionaba una escribanía que transfería activos nacionales a manos privadas. Por eso, reivindicar hoy a las Madres y Abuelas es también reivindicar a los delegados gremiales anónimos, esos líderes de base que fueron los primeros en desgastar a la bota mientras los grandes medios y los sectores civiles cómplices miraban para otro lado o aplaudían el «orden» recuperado.
A medio siglo, la marca del pasado debe ser un cerrojo. Nunca más una dictadura, pero sobre todo, nunca más un proyecto que necesite la represión para vaciar la Nación. El orgullo por los que lucharon se mezcla con el dolor de una herida que no cierra porque los beneficiarios de aquel horror, los de saco y corbata, muchas veces siguen sentados en los mismos sillones, esperando que la historia se olvide de sus nombres.

