Vigilar no es cuidar

La violencia escolar se resuelve recuperando la capacidad adulta de leer el silencio de los adolescentes.

La respuesta punitiva ante la violencia escolar es el síntoma de una derrota institucional. Cuando la única solución que ofrece el mundo adulto es la vigilancia externa o la exclusión, lo que se está declarando es la quiebra del lazo pedagógico. La seguridad en las aulas no es un problema de monitoreo, sino de amparo; no se trata de vigilar para castigar, sino de estar en «vigilia», despiertos ante una subjetividad juvenil que, cuando pierde la palabra, solo encuentra el cuerpo y el acto violento como forma de expresión.

El concepto de «retracción libidinal» explica el preludio de la tragedia: ese retiro progresivo del mundo donde el adolescente abandona amigos, hobbies y escuela. No es una tristeza pasajera ni una rebeldía saludable, sino un solipsismo melancolizado donde el joven queda fijado en una posición única de odio o apatía. Cuando el malestar se vuelve crónico y rígido, el sujeto se silencia y el vacío resultante es llenado por el «pasaje al acto», esas conductas impulsivas de difícil retorno que suelen estar precedidas por ensayos simbólicos en redes sociales o dibujos que el sistema a menudo ignora.

Para perforar la barrera del «estoy bien» automático, el universo adulto debe abandonar el interrogatorio técnico y adoptar una función de disponibilidad. Propongo dos metáforas para este rol: la «estación de servicio», que espera visible a que el joven decida pedir ayuda, y el «camión de remolque», que representa la responsabilidad ética de ir hacia el otro cuando este ya no puede siquiera nombrar su sufrimiento. El docente no debe diagnosticar, pero sí advertir cuándo un estudiante ha dejado de «estar ahí» subjetivamente, detectando la alteridad rota antes de que el síntoma estalle.

El error histórico de las instituciones ha sido el reparto de culpas entre escuela y familia una vez consumado el hecho. Minimizar las señales de alerta bajo el mantra de que «son cosas de la edad» deja al adolescente en un desamparo simbólico total. Responder a la agresividad con la sola expulsión no hace más que confirmar el sentimiento de injusticia del joven, alimentando un ciclo donde la falta de una red de cuidado transforma el dolor en una realización violenta sin retorno.

Es imperativo defender políticas públicas como la Educación Sexual Integral (ESI) y el financiamiento de los Equipos de Orientación Escolar, hoy bajo asedio retórico y presupuestario. Como sostenemos desde la investigación en la UBA, la apuesta debe ser transformar el silencio en palabra mediante espacios de diálogo circular. Solo un tejido institucional sólido, capaz de soportar la verdad del joven sin escandalizarse, puede ofrecer alternativas simbólicas frente al vacío de la violencia antes de que el malestar se convierta en una cifra irreversible.