El milagro de las planillas

La realidad económica argentina se bifurca entre la euforia del Excel oficial y el estancamiento persistente que respiran los barrios.

El INDEC acaba de descubrir un tesoro que nadie más ve: un aumento de ingresos que vuela muy por encima de la inflación y del propio crecimiento del PBI. Mientras la actividad económica apenas asoma la cabeza con un 2,1%, las estadísticas de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) dibujan un país donde los salarios reales le ganan por goleada a la canasta básica. Esta «primavera estadística» no es el resultado de un boom productivo ni de una lluvia de inversiones, sino de un fenómeno mucho más técnico y menos épico: una mejora en la captación de datos que confunde transparencia administrativa con bienestar social.

La discrepancia es tan obscena que los números del organismo oficial se pelean con los registros del SIPA y el RIPTE. Mientras el índice de salarios formales muestra subas del 30%, la EPH anota un 43%; una brecha que sugiere que lo que estamos midiendo no es cuánta plata más entra al bolsillo, sino cuánta menos se oculta en la entrevista. El consultor Gonzalo Carrera y el equipo de Equilibra ponen el dedo en la llaga: la caída de la subdeclaración de ingresos está inflando una recuperación del poder adquisitivo que, en la calle, se traduce simplemente en seguir pedaleando para no caerse de la bicicleta.

El CEDLAS de la Universidad de La Plata termina de demoler el espejismo con una corrección metodológica brutal. Según sus cálculos, la pobreza no cayó diez puntos como celebra el gobierno, sino apenas dos. Al ajustar el desfasaje temporal y los nuevos patrones de consumo, la cifra real se estaciona en el 41,5%, lejos del 31,6% que el oficialismo agita como bandera de éxito. Estamos ante una gestión que parece haber encontrado en el rigor de las encuestas un atajo para fabricar una clase media que todavía no recuperó su capacidad de consumo previa a la última crisis.

Esta «paradoja estadística» que señala Agustín Salvia desde la UCA revela el agotamiento de una métrica. Si la pobreza baja en los papeles pero el consumo no arranca, lo que se está rompiendo es la comparabilidad histórica del indicador. Ya no estamos midiendo la misma Argentina que hace dos años; estamos comparando peras con manzanas digitales. El riesgo político es evidente: gobernar creyendo en la propia ficción de las planillas mientras la base de la pirámide sigue anclada en niveles de pospandemia, donde estar «mejor» significa apenas haber dejado de caer al abismo.

Finalmente, la política económica se enfrenta a su propio espejo distorsionado. No hay épica en bajar la pobreza mediante un cambio de encuesta si el changuito del supermercado sigue confirmando que el dinero no alcanza. La estabilidad que se declama desde los despachos oficiales choca contra una realidad donde el 40% de la población sobrevive en los márgenes. Al final del día, el milagro de las planillas podrá ganar una discusión técnica en un seminario de economía, pero difícilmente logre calmar la angustia de una sociedad que sabe, por experiencia propia, que el hambre no se cura con un mejor relevamiento.