El cielo de los elegidos
El desliz neoyorquino de Manuel Adorni revela la fragilidad de una ética construida a fuerza de tuits y motosierra.
En la cosmogonía libertaria, el Estado es una organización criminal, salvo cuando se convierte en el conserje de los deseos propios. El viaje de Manuel Adorni a Nueva York, con escala en el lujo de la Quinta Avenida y pasajes de cinco mil dólares para su esposa, no es solo un error de cálculo en la comunicación de crisis; es la confirmación de que la «casta» no era un grupo de personas, sino un inventario de privilegios que cambiaron de dueño. Que el mismo funcionario que hace diez días firmó la restricción de comitivas internacionales haya decidido, en el primer renglón de su nueva libreta, autorizarse un «permitido» familiar, expone una psicología del poder donde la norma es siempre para el otro.
El argumento del «deslome» laboral como justificativo del acompañamiento conyugal pertenece a una tradición política que el mileísmo juró erradicar: la del funcionario que confunde el sacrificio del servicio público con el derecho al goce privado. Adorni, que construyó su carrera fustigando la «productividad nula» del empleado estatal, sucumbe ante la misma tentación de opulencia que denunciaba en Fabiola Yáñez. La diferencia, en todo caso, es estética, pero el fondo es el mismo: el uso de la logística presidencial como un Uber de alta gama para la realización personal, mientras el país real cuenta los centavos para llegar a la próxima boleta de luz.
El problema de Adorni ya no es solo retórico, sino patrimonial. Las cuentas no cierran ni con el mejor «coaching» ontológico: un jefe de Gabinete que declara deudas con jubilados y familiares, pero costea viajes en jets privados a Punta del Este y hoteles de 800 dólares la noche, entra en un terreno pantanoso que la justicia y la oposición ya empezaron a rastrear. La transparencia, ese fetiche que el Gobierno agita para intervenir universidades o cerrar organismos, parece detenerse en la puerta de la habitación del The Langham. La sospecha sobre el origen de los fondos es el subproducto inevitable de una ostentación que colisiona de frente con una declaración jurada de supervivencia.
La reacción interna de figuras como Victoria Villarruel o Guillermo Francos —quien recordó, con una sobriedad quirúrgica, haber usado el avión presidencial una sola vez— muestra que el «jajaja» de la vicepresidenta es el sonido de una interna que se alimenta de los errores no forzados. Adorni se quedó solo en el barro de su propia explicación, tratando de tildar de fake news lo que las fotos y sus propias palabras confirmaron. En el ecosistema de la Casa Rosada, donde la lealtad se mide en capacidad de daño al adversario, el jefe de Gabinete acaba de entregarle a la oposición el manual completo de cómo se ve la hipocresía en primera clase.
Finalmente, el episodio neoyorquino marca el fin de la inocencia para el discurso de la austeridad. No se trata de un pasaje de avión, sino de la erosión de la autoridad moral para pedirle esfuerzos a una sociedad que mira el champán libre de la Quinta Avenida desde el otro lado del vidrio. El «Fin» que Adorni suele usar para cerrar sus comunicaciones hoy suena más a una sentencia sobre su propia credibilidad que a un recurso de estilo. En la Argentina de 2026, el ajuste sigue doliendo, pero parece que para algunos, el dolor se siente menos si el hotel tiene vista al Empire State.

