El ancla de los vencedores

La pax cambiaria de los 1.400 pesos dibuja un escenario donde el éxito financiero convive con una industria que empieza a mirar de reojo el abismo.

El «veranito» del dólar a 1.400 pesos no es un accidente meteorológico, sino el diseño de una arquitectura política que prioriza la desinflación por sobre cualquier esquema de desarrollo. Al estilo de las viejas recetas de estabilización, el gobierno ha encontrado en la oferta extraordinaria del agro y la energía el combustible necesario para planchar la divisa. Sin embargo, esta calma no es gratuita: lo que para el mercado es previsibilidad, para la pequeña y mediana empresa es una pérdida sistemática de competitividad que prefigura un retorno a la Argentina de los sectores ganadores y los sectores olvidados.

La novedad de este ciclo es que el dólar bajo ya no funciona como el disciplinador automático de precios de antaño. A diferencia de otras épocas donde el atraso cambiario garantizaba un alivio inmediato en el mostrador del supermercado, hoy la inercia inflacionaria resiste mientras el tipo de cambio se queda estático. Esta «flotación entre bandas» ha logrado esterilizar las corridas, pero a costa de generar una situación de estanflación larvada; el dilema oficial es de hierro: o se convalida el crecimiento con un dólar más alto o se mantiene el torniquete cambiario para que la inflación no recrudezca.

El despliegue de dólares frescos —unos 6.000 millones de dólares adicionales provenientes del campo y la energía— funciona como un «colchón de divisas» que estira la agonía de los sectores transables. Mientras la minería y el petróleo celebran la estabilidad, la industria automotriz y las manufacturas locales quedan atrapadas en una pinza mortal: importaciones que se abaratan y exportaciones que dejan de ser rentables. Es la paradoja de una macroeconomía que se ordena en las planillas de Excel del Banco Central, pero se desordena en las líneas de montaje de las fábricas del conurbano.

Expertos como Kiguel y Sigaut Gravina advierten que esta «pax» tiene fecha de vencimiento hacia mitad de año, supeditada a que la confianza no se resquebraje. La fragilidad argentina es una constante que ni siquiera el superávit comercial de 2026 parece domesticar del todo. El cambio de política monetaria, con tasas de interés menos volátiles, sugiere que el Gobierno intenta mutar de la emergencia a un esquema de mediano plazo, pero el riesgo de repetir el error del atraso cambiario crónico sobrevuela cada decisión de la autoridad monetaria.

En última instancia, el veranito cambiario es una apuesta política de alto riesgo. Si el ingreso de divisas se mantiene, el gobierno podrá exhibir una estabilidad de cementerio hasta las próximas elecciones, pero si el «susto» que menciona Menescaldi ocurre, la estructura se mostrará tan endeble como siempre. Por ahora, el dólar a 1.400 es el tótem de una gestión que prefiere un país caro en dólares y frío en actividad, antes que una reactivación que ponga en duda su única bandera sagrada: el control de la moneda.