El festín de los intereses y el hambre del salario
La clase media argentina se hunde en una espiral de endeudamiento para financiar un costo de vida que sus ingresos ya no alcanzan a cubrir.
El modelo actual ha configurado una encerrona perfecta: mientras el ingreso disponible se desintegró un 40% desde 2016, los gastos rígidos —tarifas, salud, educación— operan como un torniquete que no admite ajustes. No es que el consumo se mantenga por una recuperación del vigor económico, sino por una mutación del crédito: las familias ya no se endeudan para progresar o acceder a bienes durables, sino para pedalear el día a día. Hoy, el financiamiento no es un puente al futuro, sino el último respirador de un presente asfixiante.
La morfología del empleo refleja esta fractura. Estamos ante una economía de dos velocidades donde los sectores ganadores, como el agro y la minería, crecen a tasas chinas pero son incapaces de absorber la mano de obra que expulsan el comercio y la industria, que acumulan meses de caída libre. El resultado es un mercado laboral que se precariza o se estanca, perdiendo más de 100.000 puestos asalariados formales en un año, dejando a la intemperie a quienes antes creían pertenecer al núcleo duro del sistema.
En este escenario, el sistema financiero ha montado un negocio sobre la desesperación. Con tasas de interés que en el sector no bancario superan el 400% anual, la mora ha trepado a niveles que no veíamos hace dos décadas. El dato es obsceno: el endeudamiento promedio ya equivale a dos salarios y medio por adulto. La «bicicleta» doméstica ha llegado a su límite biológico; las familias empezaron tomando crédito para comprar comida y hoy lo toman para pagar las cuotas de los créditos anteriores.
La respuesta oficial —baja de encajes y un tímido permiso para paritarias del 2%— parece un goteo insuficiente para un incendio de estas dimensiones. La confianza del consumidor, ese termómetro que la Universidad Di Tella mide con precisión quirúrgica, muestra que el optimismo solo sobrevive en los enclaves primario-exportadores del interior, mientras que en los cordones urbanos la sensación es de naufragio inminente. La estabilidad macro que pregona el gobierno se asienta, paradójicamente, sobre la fragilidad micro de millones de hogares.
Si la inflación no perfora el piso actual y los salarios no recuperan el terreno cedido frente a los gastos fijos, el riesgo no es solo económico, sino social. Una sociedad que trabaja pero no llega a fin de mes, y que para subsistir debe entregarle su futuro a tasas de usura, es una sociedad al límite de su contrato de tolerancia. El «orden» fiscal no puede sostenerse indefinidamente sobre el desorden de la vida cotidiana y el crecimiento exponencial de la incobrabilidad.

