El peso de lo invisible
La mejora de los indicadores de pobreza en Argentina corre el riesgo de convertirse en una ficción estadística si no se discuten los cimientos metodológicos que sostienen el optimismo oficial.
n La insoportable levedad del ser, Kundera advertía que lo que carece de peso social termina por disiparse en la intrascendencia. El reciente dato del Indec, que ubica la pobreza en un 28,2% y la indigencia en un 6,3% —niveles no vistos desde 2018—, padece de esa levedad: flota en el discurso público como un trofeo de guerra, pero carece del anclaje necesario para explicar la experiencia material de los hogares. Si bien la desaceleración inflacionaria y el freno en el precio de los alimentos son datos reales, el número final parece más el resultado de una carambola estadística que de una transformación estructural del tejido social argentino.
La paradoja es técnica pero sus efectos son políticos. Desde fines de 2023, la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) ha «ajustado el ojo» para captar mejor los ingresos no laborales y las transferencias. El resultado es lógico: si la encuesta empieza a ver dinero que antes ignoraba, la pobreza cae en los papeles aunque el bolsillo no sienta el alivio. Esta «mejora» por mayor visibilidad del ingreso, sumada a una Canasta Básica Total que todavía se calcula con patrones de consumo de hace veinte años, genera una ficción de bienestar donde familias estadísticamente «no pobres» no logran cubrir el transporte, la luz o el alquiler.
Sostener una medición de pobreza con una estructura de gasto desactualizada es, en el fondo, una decisión política sobre qué umbrales de dolor estamos dispuestos a tolerar. Una actualización técnica utilizando la última Encuesta de Gasto de los Hogares (ENGHo) elevaría el piso de la pobreza de manera inmediata, revelando que el tercio de la sociedad atrapado en la marginalidad es un hueso mucho más duro de roer que lo que sugiere la curva de la desinflación. El optimismo del indicador oficial choca de frente con una realidad de informalidad persistente y salarios que no terminan de recuperar el terreno perdido.
Cuando el dato se vuelve liviano, se vacía de diagnóstico y se transforma en un arma arrojadiza. El riesgo no es que el Indec «mienta» —una acusación propia de otros tiempos—, sino que el debate se agote en la celebración de una cifra que ya no representa fielmente el costo de la vida moderna. Para que el indicador recupere su «pesadez» y sirva como brújula democrática, es urgente una transparencia metodológica que incluya ejercicios de sensibilidad y una triangulación con registros administrativos que le devuelvan al número su espesura social.
La estabilización macroeconómica es una condición necesaria, pero no suficiente para perforar el piso histórico de la exclusión en Argentina. Si el debate público se conforma con la levedad de un porcentaje que flota sobre la superficie, la pobreza real seguirá siendo esa presencia pesada e ignorada que no entiende de planillas de cálculo. Necesitamos devolverle rigor a la estadística para que el dato no sea el fin de la discusión, sino la puerta de entrada a un pacto social que, por primera vez en años, acepte mirar de frente su propia complejidad.

