El ticket de la supervivencia

La leve suba del consumo masivo es el espejismo de una economía que solo crece sobre el cementerio del salario.

El 2% de crecimiento acumulado en supermercados durante 2025 no es una primavera; es apenas el pasto que crece sobre los escombros de un 2024 que se llevó 11 puntos de consumo. En la Argentina de Milei, la estadística oficial opera como un test de Rorschach: donde el Gobierno ve «recuperación», la realidad devuelve el reflejo de una sociedad que dejó de comprar para empezar a financiar la comida. El estancamiento del segundo semestre, con un diciembre anémico del 0,5%, confirma que el rebote del gato muerto ha terminado y que el mercado interno es hoy un paciente con pronóstico reservado.

La verdadera novedad de este ciclo no es la falta de plata, sino la mutación del medio de pago. Que casi el 44% de las compras se realicen con tarjeta de crédito revela una clase media que ya no consume por capacidad de ingreso, sino por estiramiento de deuda. Se «tarjetea» el asado, pero también la leche y la luz, convirtiendo al supermercado en una ventanilla de préstamos de emergencia. El uso del plástico para gastos corrientes es el síntoma de una asfixia: el salario ya no es el motor de la vida cotidiana, sino el garante —cada vez más insolvente— de un endeudamiento que posterga el colapso.

El derrumbe del 6,8% en los mayoristas termina de romper el mito del «consumo defensivo». Tradicionalmente, cuando la crisis aprieta, el consumidor huye de las grandes cadenas hacia el bulto y el precio mayorista; hoy, ni siquiera ese refugio aguanta. Si el canal donde se abastece el comercio de barrio y la familia que busca «stockearse» cae con esa fuerza, es porque ya no hay excedente para el ahorro previo. La caída del 8,6% en el empleo del sector mayorista es la traducción social de este derrape: el ajuste ya no solo poda la rentabilidad, sino que empieza a devorarse los puestos de trabajo.

Incluso en los shoppings, ese termómetro del humor de la clase media alta porteña, el optimismo se apaga con un diciembre en rojo del 2,4%. El modelo, obsesionado con la planilla de Excel del déficit cero y la baja de la inflación, parece haber olvidado que detrás de los precios hay personas que producen y compran. El ticket promedio de 164.730 pesos en los centros comerciales es el retrato de un consumo de supervivencia, lejos del lujo y más cerca de la reposición necesaria. La economía real se ha vuelto un territorio hostil para quienes viven de su sueldo.

En este escenario, el Gobierno celebra la estabilidad financiera mientras el entramado comercial se deshilacha. Sin una recomposición real del poder adquisitivo, lo que queda es una economía zombi, donde el consumo depende de la buena voluntad del banco y la paciencia del bolsillo. La apuesta por un mercado interno raquítico es, a largo plazo, una apuesta por el desierto. La pregunta no es cuándo volveremos a crecer, sino cuántos quedarán en pie cuando el crédito se agote y la tarjeta finalmente diga «denegada».