La fe del bolsillo flaco

El oficialismo nacional apuesta su capital político a la construcción de una esperanza que, por ahora, solo habita en la macroeconomía y no en la mesa de los argentinos.

La Argentina de Javier Milei ensaya un experimento inédito: la disociación entre la heladera y la urna. Mientras el 74,7% de los ciudadanos reconoce que sus ingresos corren —y pierden— detrás de la carrera de los precios, la imagen presidencial se sostiene en una suerte de metafísica del ajuste. Se trata de un apoyo que no se explica por el bienestar presente, sino por una fatiga social acumulada frente al modelo anterior; una base que prefiere abrazar la promesa de una reforma laboral y un cambio de reglas antes que el retorno a un estatismo que percibe como el origen del descalce.

El conflicto, sin embargo, anida en la calle y en la desconfianza estadística. Más de la mitad de la población observa los índices del Indec con el escepticismo de quien ve un paisaje que no habita: el 56,4% no reconoce en los números oficiales la realidad de sus gastos. Esta brecha entre la inflación de pizarrón y la inflación de góndola es el principal flanco débil de la narrativa oficialista. La desaceleración de los precios generales oculta un reacomodamiento violento de los precios relativos, donde los servicios y las tarifas capturan hoy el resto del salario que antes se llevaba el supermercado.

La estructura del gasto doméstico ha mutado hacia una dinámica de supervivencia. Como bien señala el economista Raúl García, el impacto es asimétrico: el ajuste de tarifas golpea allí donde el alimento ya había hecho el trabajo sucio del desgaste. En este escenario, la mejora en la percepción del «rumbo del país» que detecta Zentrix no es euforia, sino una resignación expectante. El humor económico se mueve en el margen, alimentado por un segmento que ve señales de estabilización, pero que convive con una mayoría que todavía define la situación nacional como negativa.

De cara al 2026, el país se presenta fracturado en un empate técnico de expectativas. El optimismo y el pesimismo se reparten el mapa por mitades, pero con una diferencia de intensidad: el «núcleo duro» de la desconfianza es más profundo que el de la esperanza. El 39,6% de pesimistas recalcitrantes frente al 27,4% de optimistas militantes revela que la transición libertaria camina sobre un cristal fino. El Gobierno ha logrado que la sociedad entienda que el ajuste es la herramienta, pero todavía no ha demostrado que el bienestar sea el resultado.

Finalmente, la sostenibilidad del modelo depende de que la desaceleración inflacionaria se traduzca en consumo real y no solo en cuadros de Excel. La paradoja de un presidente que crece mientras el salario cae tiene fecha de vencimiento: el capital político que hoy sobra puede evaporarse si la brecha entre la estadística y la experiencia diaria se vuelve un abismo insalvable. La política argentina está aprendiendo que se puede gobernar un tiempo con las expectativas, pero tarde o temprano, siempre se termina gobernando con el bolsillo.