La trampa de las ponderaciones
El cambio metodológico del INDEC no es un ajuste técnico, sino un velo estadístico para ocultar el fracaso del ancla salarial y el peso asfixiante de las tarifas.
La narrativa oficial del «0%» en el horizonte inflacionario se choca hoy contra la realidad de un índice que no solo se resiste a bajar del 2%, sino que acelera por inercia propia. En este inicio de 2026, el Gobierno nacional ensaya una maniobra de prestidigitación estadística: cambiar la forma de medir el Índice de Precios al Consumidor (IPC) justo cuando los servicios regulados —luz, gas, agua— se transforman en el motor de la carestía. Al reducir el peso de los alimentos y potenciar el de las viviendas y tarifas, el INDEC no busca mayor precisión, sino diluir el impacto de la crisis de consumo en la foto general.
Esta mutación metodológica es el síntoma de un programa económico que ha agotado sus anclas. Durante 2025, el Gobierno apostó a un congelamiento social que hoy se resquebraja: el 70% de los gremios ya ha roto la pauta del 1% mensual, cerrando paritarias cercanas al 3% para intentar perseguir una inflación que ya no los espera. La flexibilización de la pauta salarial es la confesión de que el «ordenamiento» fiscal no ha logrado disciplinar los precios, sino simplemente hundir el poder adquisitivo en un pozo de registros mensuales estancados.
El rubro «Vivienda y Servicios», que ahora escala al 14,5% de incidencia, se convierte en el nuevo verdugo de la clase media y los sectores populares. Mientras la Fundación Capital y otras consultoras advierten sobre una inflación proyectada del 2,3% para el primer trimestre, el Ejecutivo posterga el recorte de subsidios para febrero en un intento desesperado por no «ensuciar» el debut del nuevo IPC. Es una victoria pírrica de la estadística sobre la góndola: aunque los alimentos suban menos, su menor peso en el índice hace que ese alivio sea invisible en el número final.
El ancla cambiaria también muestra signos de fatiga. El dilema oficial entre contener los precios con el dólar o acumular reservas parece resuelto en favor de lo segundo, dejando al IPC librado a su propia suerte inercial. El «sendero de desinflación» prometido se ha transformado en una meseta alta y rocosa, donde romper el piso del 2% aparece como una quimera para el segundo semestre. El superávit primario del 1,5% del PBI, caballito de batalla del Presupuesto 2026, se sostiene sobre un ajuste en partidas sensibles que solo alimenta el malestar social.
Estamos ante un gobierno que ha decidido combatir la fiebre rompiendo el termómetro. Al modificar las ponderaciones, el equipo económico intenta construir una realidad paralela donde los aumentos de tarifas —decididos por ellos mismos— pesen más que el hambre, pero solo para que los promedios cierren. Sin embargo, la inflación no es una tabla de Excel; es la incapacidad de sostener la vida diaria. Detrás de la técnica, queda al desnudo un modelo que, sin anclas y con una inercia de tres puntos mensuales, se queda sin respuestas políticas frente a la subida del costo de vida.

