El patio trasero del sheriff
La Argentina libertaria podría recibir deportados a cambio de una palmadita en la espalda de Trump.
El realismo periférico de Javier Milei ha cruzado la frontera de lo ideológico para internarse en el terreno del pragmatismo carcelario. La revelación de que la Cancillería negocia la recepción de deportados —propios y ajenos— por parte de la administración Trump no es un simple acuerdo bilateral, sino la confirmación de una jerarquía. En la arquitectura del nuevo orden conservador, el «país amigo» ya no es el que comercia, sino el que ayuda a limpiar la casa del jefe.
Bajo la gestión de Pablo Quirno y Juan Navarro, la diplomacia argentina parece haber adoptado el modelo de El Salvador de Bukele, donde la soberanía se tasa en dólares por cabeza deportada. El silencio de los voceros oficiales no es prudencia, sino el síntoma de una transacción incómoda: Argentina se postula como el hub regional de la exclusión, aceptando el «sobrante» del sueño americano a cambio de una legitimidad financiera que, por ahora, solo se traduce en fotos de pasillo y promesas de mercado.
La desilusión de los inversores tras la cumbre con Trump evidencia una asimetría letal. Mientras el Gobierno entrega activos simbólicos —y territoriales, en términos de control migratorio—, el mercado lee una debilidad estructural. Milei buscaba un Plan Marshall y terminó discutiendo logística de repatriación forzada. La política exterior, vaciada de contenido estratégico, se reduce a una prestación de servicios de seguridad para el hemisferio norte, donde la Argentina pone la geografía y EE.UU. pone el problema.
Este giro hacia el «tercer país seguro» de facto despoja al relato libertario de su aura de libertad individual. No hay mayor intervención estatal que la de un gobierno aceptando el confinamiento o la gestión de personas expulsadas por otra potencia. El experimento de las fuerzas del cielo aterriza en la cruda realidad de la infraestructura penitenciaria, emulando a un Ecuador que, asfixiado por la violencia interna, vende su hospitalidad al mejor postor del Departamento de Estado.
En el fondo, lo que se negocia no son flujos migratorios, sino el precio de la obediencia. Si la moneda de cambio para sostener el esquema económico es convertir al país en una sala de espera para los expulsados del mundo, el triunfo cultural de Milei será, paradójicamente, el de una nación que solo es relevante por su capacidad de administrar el castigo ajeno. La foto con Trump salió cara: el costo se paga en soberanía y se cuenta en personas.

