El péndulo del Atlántico
El acuerdo Mercosur-UE emerge como un escudo defensivo frente a un mundo que se cierra.
El apretón de manos entre la Comisión Europea y el Mercosur no es el triunfo de la globalización, sino su mutación en un bloque de supervivencia. Después de veinticinco años de un cortejo agotador, la «luz verde» en Bruselas para que Ursula von der Leyen vuele a Asunción marca el fin de una era de vacilaciones. No es solo un tratado arancelario; es un movimiento tectónico en un mapa donde China devora mercados y el proteccionismo de Estados Unidos ya no es una amenaza fantasma, sino una política de Estado consolidada.
El acuerdo nace bajo el signo de la paradoja: busca abrir mercados mientras se blinda con cláusulas de salvaguardia. Para seducir a la resistencia francesa y calmar los tractores que sitian París, Bruselas ha tenido que recurrir a una sintonía fina de prohibiciones y cuotas. Al establecer que un diferencial del 8% en los precios gatillará investigaciones, la UE no está practicando el libre comercio clásico, sino una forma de «comercio administrado» que intenta proteger su delicado ecosistema agrícola sin perder el tren de la relevancia geopolítica.
La pirueta de Italia, que pasó del bloqueo de diciembre al entusiasmo de enero, revela que en la Europa actual el pragmatismo pesa más que la nostalgia proteccionista. Para España y Alemania, el Mercosur es la última frontera para diversificar riesgos frente a una Beijing que ya no solo exporta manufacturas baratas, sino tecnología de punta. Sudamérica, por su parte, acepta el rol de proveedor de alimentos y recursos, pero bajo normas ambientales y fitosanitarias que la UE impone como nuevos estándares de soberanía.
Sin embargo, el brindis en Paraguay podría ser prematuro. El campo de batalla se traslada ahora a la Eurocámara, donde un bloque de 150 legisladores se prepara para una guerra judicial y política. Esta resistencia no es solo económica; es el síntoma de una fractura interna en Europa sobre cómo relacionarse con el mundo exterior. El éxito del tratado dependerá de si se percibe como una oportunidad de desarrollo para el sur o simplemente como un mecanismo de contención para que las góndolas europeas sigan llenas sin que sus granjeros quiebren.
Lo que queda claro es que el tiempo de la espera terminó porque el tiempo del mundo se aceleró. Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay entran en una zona de libre comercio que será la más grande del planeta, pero lo hacen en un momento donde el «libre comercio» es un concepto bajo sospecha. Firmar el lunes en Asunción es, ante todo, un acto de realismo: en un planeta fragmentado, quedarse solo es el único lujo que ninguna de las dos orillas se puede permitir.

