La heladera vaciada por el ticket

El sueño de la recuperación se estrella contra la pared de los gastos fijos y un crédito que asfixia.

La Argentina de finales de 2025 parece haber descubierto que no se puede vivir eternamente de la expectativa. Tras un breve veranillo de reactivación, el consumo ha vuelto a encender las alarmas: los números de la CAC y de Scentia —con caídas que rozan el 2,5% interanual— no son apenas estadísticas, sino el síntoma de un modelo que empieza a morderse la cola. El problema ya no es solo que los precios suben, sino que la estructura del gasto familiar mutó; hoy la billetera del trabajador promedio no compite contra el deseo, sino contra la necesidad de pagar tarifas de servicios públicos que han pasado de ser un ítem marginal a devorarse el excedente que antes iba a la góndola.

La «micro» está crujiendo porque la pirámide de prioridades se invirtió. Como bien señala Daniel Schteingart, la variable relevante hoy es el ingreso real disponible después de afrontar los costos fijos ineludibles. En este escenario, el IPC estancado en un piso del 2% al 3% actúa como una lija que desgasta el salario nominal mientras los rubros básicos —alimentos y combustibles— retroceden. La ilusión de los bienes durables, que sostuvo cierta ficción de bienestar durante el primer semestre, empieza a desvanecerse: cuando las escrituras en CABA caen casi un 10%, lo que se está rompiendo es el último refugio de valor de una clase media que ya no sabe qué más recortar.

El crédito, que históricamente ha funcionado como el pulmón artificial del consumo argentino, hoy se ha vuelto un respirador defectuoso. La morosidad de las familias alcanzó en noviembre el récord histórico del 8,8%, un dato que debería quitarle el sueño a cualquier funcionario. No es solo falta de liquidez; es una crisis de deuda doméstica. Los bancos, ante el riesgo, cierran el grifo o encarecen el financiamiento, empujando a los sectores populares hacia un endeudamiento desesperado para pagar, irónicamente, deudas anteriores generadas por el uso de la tarjeta en el supermercado.

En este laberinto, la política de ingresos se vuelve la última trinchera. Las propuestas de devolución focalizada del IVA o el uso del FGS para desendeudar jubilados y trabajadores son parches atendibles, pero el nudo es estructural. No hay ingeniería financiera que reemplace la falta de capacidad de compra. El esquema cambiario, orientado a la acumulación de reservas, termina colisionando con el bolsillo: el dólar alto presiona sobre los precios y el consumo masivo termina pagando el costo de la macroeconomía «ordenada».

Si el Gobierno no logra que los salarios le ganen a la inflación de una vez por todas, cualquier estímulo será una aspirina para una infección mayor. La reactivación de las cuotas sin interés en diciembre es un alivio paliativo, pero la tendencia de fondo es de debilidad. Sin una mejora genuina en los ingresos que permita perforar el piso de la inercia inflacionaria, la Argentina corre el riesgo de consolidar una economía de «estante vacío»: mucha oferta en la vitrina, pero muy poca gente con el saldo suficiente para pasar por la caja.