Con los pies en el territorio
El relanzamiento del plan vial tucumano expone la vigencia de un gobierno provincial cercano, que apuesta a la gestión física frente a la virtualidad de la política porteña.
En un escenario nacional dominado por el ajuste fiscal y la parálisis de la obra pública, el gobierno de Tucumán parece ensayar una coreografía de resistencia administrativa. El lanzamiento del Plan Provincial de Recuperación de Caminos en Pampa Mayo no es solo un acto técnico de ingeniería civil; es, ante todo, un hecho político que intenta restablecer el contrato básico entre el Estado y su territorio. Allí donde el mercado no ve rentabilidad y el «déficit cero» ve un gasto, el territorio ve la diferencia entre el aislamiento y la posibilidad de sacar la zafra.
Osvaldo Jaldo despliega una retórica de la operatividad que busca distanciarse del ruido blanco de las redes sociales. Al afirmar que su gestión «no es un Twitter ni un TikTok», el gobernador marca una frontera simbólica con la estética gubernamental de la era Milei. Es el retorno a la política de la «máquina trabajando», una validación de la eficacia estatal que se mide en kilómetros de ripio y no en interacciones digitales. En este esquema, la infraestructura es el lenguaje con el que el peronismo territorial intenta hablarle a su base social.
La prioridad otorgada a los accesos escolares y productivos revela un pragmatismo de supervivencia. Con el inicio de las clases y la zafra a la vuelta de la esquina, el plan vial funciona como un amortiguador de la crisis logística. La articulación entre ministerios, comunas e intendencias —un esquema de capilaridad estatal a veces ruidoso pero persistente— permite que el Estado tucumano mantenga una presencia que en otras latitudes ha sido desmantelada por el desfinanciamiento.
Sin embargo, el clima emerge como el gran ordenador (y desordenador) de la agenda. El reconocimiento de Jaldo sobre el impacto del cambio climático y la inusual violencia de las lluvias de las últimas 72 horas sitúa a la gestión en una carrera contra la naturaleza. No se trata ya solo de construir, sino de reparar lo que el agua, con una frecuencia cada vez más hostil, se empeña en borrar. El Estado provincial asume así un rol de «reparador de emergencias» permanente, operando en un modo 24/7 que es, en rigor, la única forma de habitar el interior profundo.
Finalmente, este despliegue de maquinaria y recursos humanos en la red secundaria y terciaria —esos caminos que no figuran en los grandes mapas nacionales— subraya una visión de soberanía provincial. En un país que parece haber renunciado a la planificación centralizada de su infraestructura, Tucumán opta por el micro-intervencionismo. La apuesta es clara: mientras la política nacional se debate en la abstracción financiera, la política local se juega su destino en la capacidad de ganarle la pulseada al barro y la intransitabilidad.

