El pasado tiene quien le escriba
La movilización por los 50 años del golpe en Tucumán expuso la fractura entre una memoria social activa y el pragmatismo oficialista.
La Plaza Independencia no fue solo un escenario de nostalgia ritual, sino el epicentro de una actualización política necesaria. A medio siglo del quiebre democrático, la masividad en San Miguel de Tucumán —25.000 personas desafiando el desgaste de la época— demuestra que la memoria en el NOA no es una pieza de museo, sino un material sensible que reacciona por proximidad. El documento unificado logró amalgamar la herida histórica de los 30.000 con la urgencia del presente, trazando una línea de continuidad entre el terrorismo de Estado y la actual «motosierra» presupuestaria que asfixia a la universidad y la ciencia.
La singularidad tucumana aportó un ingrediente que suele faltar en las crónicas porteñas: la implosión del peronismo territorial. Mientras el mandatario ensaya un colaboracionismo estratégico con Javier Milei en el Congreso, la calle le recordó que el voto que lo llevó al poder no incluía el endoso para desmantelar leyes laborales ni para convalidar el ajuste sobre los jubilados.
En la columna de siete cuadras que bajó por calle Junín, el recambio generacional se hizo carne. La presencia de jóvenes como Valentina (21) o los alumnos del Gymnasium evidencia que el relato de la dictadura ha mutado de la experiencia vivida a la identidad heredada. No hace falta haber estado allí para sentir la angustia del vacío; la memoria funciona aquí como un anticuerpo contra la repetición. Esta «transmisión de mando» afectiva entre padres e hijos es lo que garantiza que el reclamo por los desaparecidos sobreviva a las leyes biológicas de Madres y Abuelas.
El pliego de reclamos fue una cartografía del malestar contemporáneo: desde el rechazo a la baja de la imputabilidad hasta el repudio por la alianza geopolítica con Estados Unidos e Israel. La plaza leyó el presente con las lentes de la soberanía, vinculando la falta de obras en la inundada localidad de La Madrid con una matriz de desfinanciamiento estatal que excede lo económico para volverse filosófico. La movilización no solo pidió justicia por el ayer, sino que exigió un Estado que no desampare en el mañana.
Finalmente, la marcha dejó expuesta la soledad de los dirigentes que intentan surfear la ola libertaria sin pagar costos. Mientras figuras como los Yedlin o Vargas Aignasse caminaban entre la multitud, el mensaje de los documentos fue implacable con la «complicidad» parlamentaria. Tucumán, cuna del Operativo Independencia y laboratorio del horror, volvió a demostrar que su plaza es un termómetro político indomable: un espacio donde el pasado se usa para iluminar las zonas oscuras de una gestión provincial que, en nombre del pragmatismo, parece haber olvidado su propio árbol genealógico.

