La casta vuela en business
El desmoronamiento del relato de la austeridad oficial encuentra en el patrimonio de Manuel Adorni un laberinto de contradicciones que la justicia ya empezó a auditar.
La política argentina suele ser un teatro de infidelidades retóricas, pero lo de Manuel Adorni roza el surrealismo contable. El hombre que hizo de la «motosierra» una pedagogía del sacrificio ajeno hoy se encuentra atrapado en el radar de Comodoro Py, incapaz de explicar cómo un sueldo de funcionario público —por más jerárquico que sea— permite financiar una vida de magnate en Punta del Este y mudanzas a los rincones más exclusivos de Caballito. No es solo una cuestión de números que no cierran; es la implosión del activo más preciado del esquema de Javier Milei: la superioridad moral contra la «casta».
La declaración del piloto Agustín Issin Hansen ante el juez Ariel Lijo terminó de dinamitar el precario puente de defensa del Vocero. Mientras Adorni ensaya una soberbia defensiva frente a los acreditados de Casa Rosada, los registros bancarios hablan de facturas abonadas por productoras con contratos estatales. El concepto de «dádiva» sobrevuela el despacho presidencial como un fantasma persistente. Si el viaje en jet privado lo pagó un tercero vinculado comercialmente al Estado, el «con mi plata hago lo que quiero» se transforma, por prepotencia de la realidad, en una confesión de parte.
El mapa patrimonial de Adorni se expande con la misma velocidad con la que se contrae el consumo popular. De las dos propiedades declaradas se pasó, tras confesiones involuntarias y filtraciones, a un inventario de cuatro, incluyendo un departamento de 300.000 dólares y una casa en un exclusivo country con expensas que equivalen a varios salarios mínimos. La aritmética del funcionario es creativa: sus ahorros declarados de 48.000 dólares parecen haber sufrido una multiplicación milagrosa, o bien, estamos ante un caso de amnesia administrativa sobre bienes que «olvidó» registrar ante la Oficina Anticorrupción.
A este escenario se suma la desprolijidad del uso del aparato estatal para fines domésticos. El vuelo de su esposa en el avión presidencial hacia Nueva York, bajo la excusa de una invitación personal del Presidente, desdibuja la frontera entre lo público y lo privado que el libertarismo prometió restaurar. En el universo de Milei, la estética de la austeridad era el pegamento social que justificaba el ajuste; sin embargo, cuando los alfiles propios empiezan a disfrutar de las mieles del poder con la misma liviandad que sus antecesores, el relato se vuelve una cáscara vacía.
Por ahora, el Presidente lo sostiene en el centro de la escena, como quien intenta proteger una pieza clave de su tablero comunicacional. Pero la acumulación de causas —enriquecimiento ilícito, dádivas, uso indebido de recursos públicos— sugiere que el tiempo de las conferencias de prensa socarronas está llegando a su fin. Adorni, que se autopercibe como un experto en desarmar argumentos ajenos, no está logrando desarmar las pruebas propias. La política, tarde o temprano, siempre exige el recibo original, y el del Vocero parece estar escrito con tinta invisible.

