La victoria de las formas
El balance de 2025 consagra el ajuste como activo electoral, pero advierte que el equilibrio fiscal es un castillo de naipes sin gestión pública.
El año que pasó dejó una postal inédita: una sociedad que, por primera vez en décadas, votó a favor de la escasez. La «motosierra» no fue solo un eslogan de campaña, sino un mandato popular que transformó el equilibrio fiscal en el nuevo sentido común. En la superficie, los logros son innegables: la inflación cedió, la pobreza perdió intensidad y la alianza estratégica con el Washington de Trump funcionó como un paracaídas financiero para los vencimientos de deuda. Sin embargo, detrás de la euforia oficial, el 2025 también desnudó las costuras de un modelo que confunde la austeridad con la capacidad de gobernar.
La gran paradoja del año es el riesgo país. Es el síntoma de una desconfianza que persiste a pesar de los números verdes en el Excel del Tesoro. Que Argentina siga pagando tasas de paria frente a naciones con finanzas más débiles revela que el mercado no teme al déficit hoy, sino a la fragilidad política de mañana. La subordinación total del tipo de cambio al objetivo inflacionario y las derrotas parlamentarias frente a una oposición que huele sangre fiscal alimentan la idea de que el orden macroeconómico es todavía un experimento de laboratorio, no una política de Estado irreversible.
El «timing» de la apertura comercial aparece como el gran nubarrón para el empleo. Abrir las fronteras sin haber resuelto la falta de infraestructura ni la asfixiante presión de los costos laborales no salariales es, para la industria local, como correr una carrera de cien metros llanos con una mochila de piedras. El riesgo es que los costos sociales de esta apertura apresurada terminen devorando el capital político que se consiguió en las urnas. Una apertura sin competitividad previa no es modernización; es, para muchas empresas, una invitación al cierre o a la informalidad.
Pero quizás el déficit más silencioso y peligroso sea el de la gestión pública. La desidia en el manejo de organismos del Estado y la falta de equipos profesionales han derivado en una «gestión a hachazos». El caso de la discapacidad es el espejo de esta impotencia: congelar honorarios y auditar con arbitrariedad no es ahorrar, es generar conflictos judiciales y sociales que tarde o temprano vuelven al presupuesto. Lo mismo ocurre con la reforma de Ganancias y el rol de ARCA; delegar funciones críticas en organismos degradados es una apuesta que puede terminar alimentando la evasión en lugar de la recaudación.
Llegamos a 2026 sin riesgo de estallido inminente, lo cual es un triunfo en la historia argentina, pero todavía sin un rumbo de crecimiento claro. El equilibrio fiscal reduce el vértigo, pero no construye un país. Lo que queda pendiente no son solo más leyes, sino la transición de un gobierno de consignas a uno de gestión. Para que la esperanza de 2025 no sea el espejismo de 2026, el oficialismo deberá entender que la motosierra es una herramienta de demolición, pero para construir se necesita, irremediablemente, arquitectura y consenso.

