El lenguaje de los hechos

El acuerdo por el Acueducto de Vipos demuestra que la gestión de soluciones vitales puede imponerse sobre la fragmentación política actual.

El encuentro en el Palacio de Hacienda entre el gobernador Osvaldo Jaldo y el ministro Luis Caputo no es solo una gestión técnica por el Acueducto de Vipos; es el retrato de la nueva cartografía del poder en Argentina. En un escenario de ajuste fiscal ortodoxo, Tucumán ensaya un pragmatismo de frontera donde la «obra pública» —esa palabra casi prohibida en el diccionario nacional de hoy— sobrevive bajo la forma de una concesión necesaria. Para Jaldo, cada metro de tubería en Tapia o Tafí Viejo es un reaseguro de paz social y control territorial.

La entrega de la copia de adjudicación para una obra de 50 kilómetros no es una concesión gratuita del gobierno central. Es la moneda de cambio de una provincia que decidió alejarse del ruido de la confrontación ideológica para abrazar el realismo político. Mientras el presupuesto nacional se desintegra en otras áreas, el agua potable aparece como el último puente transitable entre el peronismo de gestión y el «no hay plata» de la Casa Rosada, demostrando que la necesidad básica es la única que perfora el dogma.

Para Caputo, la foto representa la validación de un método: la disciplina fiscal se negocia mejor cuando hay un flujo de recursos estratégicos que garantiza que las provincias no entren en combustión. El ministro resalta la «magnitud técnica», desplazando la discusión política hacia la eficiencia ingenieril. Es la estética de la gestión fría: se habla de diámetros de cañerías y kilómetros de extensión para no hablar de la coparticipación herida o de las transferencias discrecionales que se evaporaron.

Jaldo, por su parte, construye su propia narrativa de «soluciones concretas». Al agradecer públicamente el avance de la obra, el gobernador tucumano reafirma su rol como mediador eficiente. Sabe que en la Argentina de la escasez, el éxito no se mide en grandes transformaciones estructurales, sino en la capacidad de garantizar servicios elementales. Es el triunfo de la micropolítica por sobre la épica, una estrategia que le permite mantenerse a flote mientras el sistema político tradicional busca un nuevo eje de rotación.

Finalmente, el Acueducto de Vipos funciona como una metáfora de la relación Nación-Provincias en la era libertaria. No se trata de un proyecto de desarrollo industrial o una visión estratégica de país, sino de la administración de lo elemental para 245.000 ciudadanos. En ese «trabajo conjunto» que celebra el gobernador, subyace la aceptación de un orden donde la política se reduce a la gestión de la carencia y la infraestructura se vuelve la única gramática común posible.