El asfalto como doctrina
Osvaldo Jaldo consolida su hegemonía territorial mediante una mística de la gestión presencial y el despliegue de obra pública con recursos propios en el interior profundo.
El «estilo Jaldo» ha terminado por configurar una gramática del poder que se lee mejor en el barro de las rutas secundarias que en los despachos de la capital. La reciente incursión en Los Pereyra, departamento Cruz Alta, no fue solo un acto de gestión vial; fue una puesta en escena de la «autarquía tucumana» en tiempos de ajuste nacional. Al inaugurar luminarias LED y supervisar el perfilado de la Ruta 327 con fondos provinciales, el gobernador envía un mensaje de orden y previsibilidad a los sectores productivos, marcando un contraste nítido con la parálisis de la obra pública federal.
Esta pedagogía del territorio se apoya en la figura del «gobernador caminante», una construcción política que busca suturar la distancia entre el Estado y el vecino rural. La mención al fallecido Juan Salím no es azarosa: Jaldo apela a la memoria afectiva del peronismo local para legitimar un presente donde la «maquinaria pesada» es el principal argumento electoral. El despliegue de 20 frentes de obra simultáneos funciona como una demostración de fuerza fiscal y logística, orientada a blindar la paz social en el interior.
La infraestructura, bajo esta óptica, deja de ser un dato técnico para convertirse en una herramienta de control y seducción política. Al garantizar el acceso a las escuelas y la salida de la zafra, el Ejecutivo provincial se posiciona como el único garante del movimiento en una economía regional que no espera. El ministro Darío Monteros refuerza esta idea al destacar que la actividad no se detiene ni los fines de semana, subrayando una ética del trabajo que busca diferenciarse de la «burocracia de oficina».
En el plano simbólico, la llegada del LED a parajes rurales como Blanco Pozo o Estación Aráoz representa la conquista de la modernidad en zonas históricamente postergadas. No se trata solo de seguridad vial, sino de una política de visibilidad: iluminar el interior es, para el oficialismo, una forma de certificar que el Estado sigue allí, incluso cuando el mapa nacional parece desdibujarse. La presencia de la diputada Gladys Medina y los delegados comunales cierra el círculo de una estructura política que se repliega sobre sí misma para resistir la intemperie económica.
Finalmente, el discurso jaldista en Los Pereyra revela una pragmática del poder que prioriza lo micro sobre lo macro. Al ocuparse del «acopio y compactación» de material en caminos terciarios, el gobierno tucumano intenta construir una épica de lo cotidiano. En un contexto de incertidumbre nacional, Jaldo elige refugiarse en la gestión de cercanía, transformando cada poste de luz y cada kilómetro de ripio en un ladrillo de su propio proyecto de acumulación política a largo plazo.

