La casta de los espejos
El escándalo de Manuel Adorni erosiona el capital moral de un gobierno que empieza a descubrir que no hay ajuste sostenible sin ejemplaridad.
El experimento libertario ha ingresado en su fase de fatiga de materiales. No es solo el rebrote inflacionario o el desplome de las expectativas —que pasaron de un 45% a un magro 25% de optimismo— lo que cruje, sino la identidad misma del proyecto. El «caso Adorni» funciona como un reactivo químico que revela la contradicción letal del oficialismo: la distancia abismal entre el sacrificio que se le exige al jubilado y el ascenso patrimonial meteórico de la mesa chica. El Jefe de Gabinete, transformado en un meme de imagen negativa superior a los 60 puntos, ha pasado de ser el portavoz del sentido común a representar la «conurbanización» de una estética de privilegios que el propio Milei prometió dinamitar.
La fragilidad del esquema reside en su «plantel chico». Sostener a Adorni no es un gesto de lealtad, sino una necesidad de supervivencia ante el vacío; sin él, el Triángulo de Hierro pierde su pararrayos y el Presidente queda expuesto a la intemperie de su propia palabra, sin filtros ni mediaciones. La protección que le brinda Karina Milei no logra ocultar la interna feroz con Santiago Caputo, mientras el otrora poderoso aparato comunicacional se degrada en una pelea de palacio. El Gobierno intenta evitar la derrota en la batalla cultural, pero ignora que la superioridad moral, ese motor que permitía a la sociedad «aguantar», se ha quedado sin combustible ante las sospechas de enriquecimiento y los viajes familiares.
La justicia, siempre sensible al aroma del poder en descomposición, ha comenzado a mover expedientes con una velocidad inusual. La advertencia de Cúneo Libarona sugiriéndole a Adorni «buscarse un abogado» marca el fin de la solidaridad interna y el comienzo del sálvese quien pueda. En el exterior, el espejo es todavía más deformante: la prensa española ya lo etiqueta como el «Ábalos de Milei», vinculándolo a los peores vicios de la política europea. El funcionario ya no comunica hacia afuera; ahora solo es el síntoma de una vulnerabilidad que nadie en el Gabinete está dispuesto a ignorar, dejando al descubierto un flanco ético que la oposición, de Macri a Kicillof, empieza a olfatear.
Mientras el «país federal» levanta la voz contra la discrecionalidad porteña y los reclamos sociales se ponen a flor de piel, el margen para pedir paciencia se agota. La sociedad argentina, que inicialmente le otorgó al Presidente una vara laxa por la novedad del fenómeno, hoy aplica un rigor implacable ante los «privilegios de la nueva dirigencia». El respaldo al programa económico ha quedado huérfano de mística y sujeto exclusivamente a resultados inmediatos que no llegan. Sin el componente ético, el ajuste deja de ser una épica de purificación para convertirse en una simple transferencia de recursos que favorece a los propios, confirmando que la casta, al final del día, solo cambió de pelaje.
El destino de Adorni parece sellado, al menos como rostro de la gestión. Sin embargo, su salida no garantiza la redención de un Gobierno que ha empezado a perder su principal activo: la confianza del electorado. La «batalla cultural» se está perdiendo no por la pericia de la oposición, sino por la incapacidad de la administración libertaria de separar la paja del trigo. Si Milei no logra resolver sus contradicciones morales y oxigenar un plantel que luce agotado, corre el riesgo de quedar atrapado en su propia narrativa, donde el sacrificio es para los de afuera y la fiesta —con sabor a rancio— sigue siendo para los de adentro.

