La productividad del cementerio
El éxito macroeconómico se choca con una estructura laboral que no rebota y una reconversión que castiga al operario.
La Argentina de 2026 ofrece una postal esquizofrénica: los números de la macroeconomía celebran una estabilidad de quirófano mientras el mercado laboral gotea puestos de trabajo como una canilla rota. El programa de estabilización, que nació bajo la urgencia del incendio hiperinflacionario en 2023, logró domesticar los precios y devolverle al EMAE un brillo del 6% de crecimiento. Sin embargo, ese dinamismo es un motor que gira en el vacío para el trabajador promedio: el salario real sigue mirando desde abajo los niveles de la prepandemia y la desocupación asoma la cabeza detrás de una reactivación que no derrama.
El fenómeno no es un error de cálculo, sino el síntoma de una reconversión selectiva donde conviven dos muertes. Por un lado, la desaparición de empleos que solo eran posibles en el ecosistema del proteccionismo ciego y el subsidio estatal, una «limpieza» que el manual liberal defiende como ganancia de eficiencia. Por el otro, la destrucción de puestos en sectores estratégicos que no caen por ineficientes, sino por un entorno de asfixia impositiva y falta de crédito. Es la paradoja de la minería o la energía: sectores que producen mucho más que hace dos años pero emplean a menos gente formal.
La brecha entre el nivel de actividad y el empleo privado registrado —que ya cuenta 200 mil bajas desde el inicio del ciclo— revela que el crecimiento actual no es integrador, sino extractivo de productividad. Mientras la construcción se hunde en un bache del 12%, el cuentapropismo informal se convierte en la única red de contención para una clase media que se desliza por el tobogán de la precarización. No es solo que se produce más con menos; es que lo que se produce no necesita de la vieja estructura salarial argentina, dejando al consumo interno en un estado de anemia crónica.
Para que el programa económico no termine siendo el éxito de un cementerio ordenado, la política debe mutar de la obsesión monetaria a la urgencia laboral. El «gradualismo tributario» —esa promesa de bajar impuestos solo cuando el gasto lo permita— es hoy un corsé que impide a las empresas contratar. El desafío ya no es solo perforar el 3% de inflación, sino evitar que el ajuste ineficiente se lleve puestas a las pymes que sobrevivieron al cambio de régimen pero no resisten el costo de la diaria.
El capital político cosechado en la batalla contra la inflación tiene fecha de vencimiento si el empleo de calidad no aparece en el horizonte. La reforma laboral fue un primer paso, pero sin una estrategia tributaria disruptiva que alivie el costo de contratar, la «reconversión necesaria» será recordada simplemente como un proceso de exclusión. La estabilización está terminada en los papeles; ahora falta que empiece para los que viven de un sueldo, antes de que el malestar social se vuelva el principal indicador macroeconómico.

