El pantano industrial

El tenue repunte de la construcción no alcanza para disimular un estancamiento que golpea en el corazón de la industria.

La narrativa oficial de una recuperación en «V» choca contra la viscosidad de los números reales. El informe de Orlando J. Ferreres de marzo revela una caída del 0,8% en la inversión bruta, una cifra que, si bien es menos dramática que el desplome de dos dígitos de febrero, confirma que la economía argentina no está despegando, sino que está aprendiendo a flotar en el estancamiento. El monto de 7.425 millones de dólares invertidos describe un país que apenas logra reponer lo que consume, lejos de la épica transformadora que el Gobierno intenta proyectar desde los atriles.

El dato que el oficialismo agita como bandera es el crecimiento del 12,7% en la construcción. Sin embargo, este rebote tiene más de aritmética que de milagro: se explica por una base de comparación bajísima y un stockeo preventivo de insumos ante la incertidumbre cambiaria. No es la construcción de una nueva infraestructura nacional, sino el refugio de capitales en el ladrillo ante la falta de horizontes productivos claros. Mientras el cemento da un respiro, la industria real sigue en el sótano, incapaz de renovar su capacidad operativa.

La verdadera alarma suena en el segmento de maquinaria y equipo, que retrocedió un 10,3%. Aquí la caída es democrática y cruel: golpea por igual a los bienes nacionales e importados. Cuando una empresa deja de comprar máquinas, no solo está ajustando sus costos hoy, sino que está hipotecando su productividad de mañana. El retroceso en la inversión de capital es el síntoma más nítido de que el sector privado, a pesar de las señales de desregulación, todavía no confía en que la estabilidad sea algo más que una tregua transitoria.

El escenario que se perfila es el de una economía fracturada, una «dinámica de dos velocidades» que profundiza las brechas geográficas y sectoriales. Por un lado, el agro y la energía —sectores de capital intensivo y baja demanda de mano de obra— muestran signos de vitalidad por su conexión directa con el mercado global. Por el otro, la industria manufacturera y el consumo interno permanecen atrapados en un laberinto de costos altos y demanda anémica. Es un modelo de islas de prosperidad rodeadas de un océano de dificultades operativas.

En última instancia, los datos de marzo sugieren que el «veranito» inversor es más bien un espejismo estacional. La serie desestacionalizada muestra una curva plana que se parece más a una meseta que a una rampa de lanzamiento. Sin un cambio en la percepción de riesgo que logre reactivar la compra de equipos, el crecimiento quedará reducido a un rebote técnico. La gestión actual debe decidir si se conforma con administrar este estancamiento selectivo o si generará las condiciones para que la inversión deje de ser un refugio y vuelva a ser un motor.