La bitácora del ausente
El Presidente acumula más kilómetros en el cielo estadounidense que en el suelo de las provincias que aún no conoce.
Javier Milei ha consolidado una gestión de cabotaje emocional pero de escala global, pasando 116 días de su mandato fuera del país. Esta decimosexta incursión a Estados Unidos no es un hecho aislado, sino la confirmación de una presidencia que parece más cómoda en los salones de Washington o en los hoteles de Trump que en las realidades de Catamarca o Formosa. Mientras la gestión doméstica cruje, el mandatario prefiere el calor de los «bonos basura» de Michael Milken, un financista que simboliza el lado más oscuro del mercado que Milei tanto idolatra.
El costo de este nomadismo oficial es obsceno: $4.700 millones de pesos en viáticos y traslados que contradicen cualquier discurso de austeridad. No se trata solo de la cifra, sino de la duplicación del presupuesto para viajes en comparación con el ejercicio anterior. Los gastos se reparten entre foros económicos de dudosa relevancia institucional y premios de fundaciones marginales, configurando una suerte de turismo ideológico que el Estado argentino financia con entusiasmo ciego.
La trama se oscurece con la sombra de una red de propaganda regional financiada desde las sombras. Las denuncias sobre el aporte de 350 mil dólares para «guerras mediáticas» contra mandatarios de la región, sumadas a la extraña sintonía con personajes como el hondureño Juan Orlando Hernández —indultado por Trump tras condenas por narcotráfico—, colocan a la Argentina en un triángulo geopolítico escandaloso. La diplomacia argentina ha mutado en una unidad de negocios o en un centro de operaciones para una internacional reaccionaria.
Lo más grave, sin embargo, es la sospecha interna que ya brota desde sus propias filas. Las versiones que señalan a su vocero como el gestor de «tarifas» en moneda extranjera para acceder a reuniones con el Presidente despojan a los viajes de cualquier pátina de interés nacional. Si las giras presidenciales se han convertido en un catálogo de reuniones tarifadas, el avión oficial ya no transporta a un representante del pueblo, sino a un producto de mercado.
Mientras tanto, un tercio de las provincias argentinas sigue esperando que su Presidente sepa dónde quedan. Nueve distritos federales no han recibido ni una sola visita, marcando un contraste violento con las múltiples escalas en Miami o Nueva York. Milei gobierna un país que parece ver solo a través de la ventanilla de un avión, más preocupado por ser un influencer global de la derecha que por ser el jefe de Estado de una nación que se queda sin combustible.

