La ficción del optimismo no alcanza

La última radiografía del mercado expone una peligrosa calma de laboratorio donde los precios bajan, pero la economía real no logra despegar del piso.

El último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) publicado por el Banco Central es un ejercicio de fe numérica: proyectar una inflación del 2,6% para abril y un dólar que apenas llegaría a los $1.676 en diciembre es, sobre el papel, una victoria de la estabilidad cambiaria que el Gobierno celebra como un dogma de fe. Sin embargo, estas cifras —fruto del consenso de 45 consultoras y bancos— dibujan un escenario de «paz de cementerio» donde la desaceleración de los precios es el síntoma de una actividad económica que sigue en cuidados intensivos.

Lo más alarmante del informe no es la inflación que cede, sino el crecimiento que se escurre; los especialistas ajustaron a la baja el PBI del primer trimestre, dejándolo en un raquítico 0,3%, una señal inequívoca de que el enfriamiento de la demanda es el principal ancla de los precios. El mercado espera que el PBI real crezca un 2,8% en todo 2026, una cifra que, ante la profundidad del bache previo, suena más a un rebote estadístico que a una recuperación genuina del poder adquisitivo o de la inversión productiva.

En el frente cambiario, el recorte de las expectativas para el dólar mayorista sugiere que el mercado ha comprado, al menos por ahora, el esquema de microdevaluaciones controladas, pero esta calma depende de una arquitectura de tasas que sigue en descenso. Con una TAMAR proyectada en 23,1% para mayo, el rendimiento del ahorro en pesos continúa su camino de licuación, obligando a los actores económicos a recalibrar sus estrategias en un entorno donde el crédito sigue siendo una pieza ausente del rompecabezas.

La convergencia de la inflación núcleo hacia el 1,7% para fin de año es el escenario ideal de cualquier funcionario, pero la brecha entre la planilla de Excel y el mostrador sigue siendo inmensa. Si el crecimiento para el año se proyecta medio punto por debajo de lo que se esperaba hace solo un mes, es porque la estabilidad de los precios por sí sola no genera empleo ni dinamiza las fábricas; la obsesión por el dígito único mensual está ocultando una anemia productiva que el mercado ya empezó a facturar.

En definitiva, el REM de abril nos devuelve una imagen de orden macroeconómico forzado. Un dólar a $1.676 a fin de año podrá traer alivio a los despachos oficiales, pero sin una aceleración real del PBI que supere el margen de error de las encuestas, la Argentina corre el riesgo de convertirse en un país barato, estable y profundamente estancado. El desafío ya no es que los precios dejen de subir, sino que la economía encuentre razones valederas para ponerse de pie.