La Patria financiera se mudó al bolsillo de los chicos
Mientras el Senado congela la ley contra la ludopatía infantil, el fútbol y el Estado copatrocinan una fábrica de adictos.
El fútbol argentino ya no se mira, se calcula. La vieja y sana costumbre de sufrir por un gol o festejar una gambeta fue suplantada por el frío monitor de las fluctuaciones en tiempo real: cuántas tarjetas amarillas habrá, quién pateará el próximo córner o si conviene apostar los pocos pesos que quedan en la billetera virtual antes del entretiempo. A tres días del inicio del Mundial, la mal llamada «cultura deportiva» de los campeones del mundo asiste a su propia demolición. El casino se mudó al bolsillo de los chicos y lo que antes era un juego, hoy es una timba feroz coordinada desde una pantalla táctil.
Los datos duros desmoronan cualquier intento de relativizar la tragedia. El veredicto de la realidad señala que seis de cada diez estudiantes secundarios están expuestos a las apuestas en el país, y que la edad de inicio colapsó hasta los 13 años, en perfecta sintonía con la apertura de las billeteras virtuales. Detrás de los porcentajes abstractos se esconden madres desesperadas que acuden a los grupos de autoayuda, chicos de 15 años que intentan quitarse la vida asfixiados por las deudas y familias enteras que descubren la ruina económica cuando ya es demasiado tarde. No estamos ante un entretenimiento digital; estamos ante un trastorno cerebral crónico y compulsivo que ataca a una población con áreas cerebrales críticas todavía en pleno desarrollo.
Lo verdaderamente escandaloso es la obscena complicidad del poder político y dirigencial. Nueve clubes de Primera División exhiben marcas de apuestas en sus camisetas —Boca Juniors embolsa la friolera de 7,5 millones de dólares anuales por rifar su prestigio— y la propia Selección Argentina lleva en el pecho el sponsoreo de Betano bajo el cínico lema “Confiá”. Los mismos ídolos populares que los niños imitan en las plazas son los encargados de abrirles la puerta del infierno de la ludopatía. El argumento corporativo de la AFA para defender este negocio es de un pragmatismo miserable: alegan que sin ese dinero los clubes se desfinanciarían. Es decir, la salud mental de una generación cotiza menos que el balance de un puñado de dirigentes.
Mientras las corporaciones facturan miles de millones de dólares, la respuesta institucional de la política oscila entre la parálisis y la complicidad legislativa. El proyecto de ley de prevención de la ludopatía, que propone prohibir por completo la publicidad y exigir controles biométricos para menores, duerme el sueño de los justos en el Senado y está a punto de perder estado parlamentario. En su lugar, el Poder Ejecutivo contraatacó con un proyecto a medida del mercado: una ley que solo persigue a las plataformas clandestinas y legaliza la publicidad de las empresas habilitadas. El mensaje del Estado es perverso: no importa que los chicos se queden sin futuro, siempre y cuando dejen su dinero en los bingos autorizados por el fisco.
El fútbol argentino se encamina a su hora más gloriosa en términos de negocio, pero a su víspera más oscura en lo social. La pelota ya no brilla; está manchada por la usura, los prestamistas y la desidia estatal. Si la clase política y los clubes no son capaces de sacrificar un porcentaje de su recaudación para salvar la cabeza de los pibes, habrán demostrado que no les importa absolutamente nada más que el dinero. Cuando termine el Mundial, los estadios se vaciarán, las luces se apagarán, pero en miles de hogares quedará la misma certeza devastadora: una generación entera habrá perdido el partido más importante de sus vidas antes de haber cumplido la mayoría de edad.

