Un gobierno que prefiere la ceguera antes que el costo político
El empeño de Milei en sostener a Adorni desnuda las internas de una gestión que empieza a perder su base electoral.
La Casa Rosada se ha convertido en un laboratorio de resistencia psicológica donde la realidad se filtra solo si coincide con el relato oficial. El caso de Manuel Adorni, cercado por inconsistencias patrimoniales y la omisión de medio millón de dólares en su declaración jurada, dejó de ser un problema contable para transformarse en un síntoma de debilidad política. En el entorno presidencial apuestan al desgaste del tema, al archivo judicial y al anestésico social del Mundial de Fútbol. Sin embargo, la brecha entre la indignación pública y la percepción del «triángulo de hierro» —Milei, su hermana Karina y Santiago Caputo— demuestra que el oficialismo confunde la lealtad con la impunidad, ignorando que el costo de sostener lo indefendible ya se está pagando en las encuestas.
Puertas adentro, el jefe de Gabinete ya no coordina; sobrevive. El aislamiento es total: los ministros esquivan su despacho y gestionan en directo para no quedar pegados a un funcionario con fecha de vencimiento latente. La única voz estridente ha sido la de Patricia Bullrich, quien reactivó su perfil de guardiana ética para exigir su renuncia inmediata. Bullrich sabe leer la temperatura de la calle mejor que los estrategas de redes de la jefatura. Al calificar el hecho como una «omisión ética», la ministra no solo marcó distancia de la corporación libertaria, sino que abrió la temporada de diferenciación interna de cara a un 2027 donde planea jugar sus propias cartas, consciente de que la convivencia forzada con Milei dura lo que dure la conveniencia mutua.
Mientras tanto, el vacío de poder que deja un jefe de Gabinete refugiado en sus fueros es capitalizado por Santiago Caputo. La parálisis de Adorni consolidó la preeminencia del asesor y del ministro Luis Caputo, concentrando las decisiones clave del Poder Ejecutivo en un solo apellido. Esta anomalía debilita la estructura estatal en el peor momento posible. Sostener a un funcionario cuestionado bajo el argumento de que «la oposición viene por el Presidente» es una falacia de trinchera: a Adorni no lo acorrala la casta, lo acorrala su propia firma en un documento público que el mismo Financial Times expuso ante los ojos del mundo financiero.
El verdadero peligro para el plan libertario no está en los tribunales, sino en las planillas de las consultoras. El dogma de que la suerte del Gobierno depende exclusivamente de la economía choca de frente con la recesión y la pérdida de más de 250.000 empleos en la industria y la construcción. El desencanto ya perforó el núcleo duro del mileísmo: el apoyo entre los jóvenes de 16 a 29 años, el motor vital del espacio, se desplomó a la mitad en un año. Sin la mística de la juventud y con una imagen negativa que ya supera el 55%, el capital político para absorber escándalos éticos se reduce a cero.
La fragilidad del oficialismo opera como un imán para los actores que esperaban en la gatera. Con el tablero político fragmentado en cuatro avenidas, Mauricio Macri ya ensaya la revitalización del PRO con la mira puesta en un segundo mandato, Sergio Massa calcula su revancha y Cristina Kirchner tensa la soga del justicialismo amenazando con fugas ideológicas. En este escenario de fragmentación, la terquedad presidencial de mantener a Adorni no es una muestra de fortaleza, sino un error de cálculo que acelera el desgaste de una gestión que creía tener un cheque en blanco y hoy descubre que los jóvenes también se cansan de las explicaciones corporativas.

