El canibalismo libertario reflota el submarino amarillo
La toxicidad oficialista y el sacudón social por la muerte del «Indio» Solari obligan a los Macri y a Bullrich a recalcular su identidad para disputar el voto huérfano de la centroderecha.
El universo libertario vive atrapado en una paradoja: su dinámica de conflicto permanente y purgas internas funciona como un formidable distractor social, pero al mismo tiempo actúa como el fertilizante que reaviva las ambiciones del Pro. Tras meses de disciplinamiento y asimilación silenciosa, la fractura expuesta en la cúpula oficialista abrió fisuras por donde Mauricio Macri, Jorge Macri y Patricia Bullrich empezaron a deslizar sus estrategias de supervivencia e independencia. La debilidad ajena devolvió el alma al cuerpo de un espacio que parecía condenado a la extinción.
Mauricio Macri abandonó el rol de espectador resignado y empezó a recuperar el gusto por la negociación política pura, empujado por el desplante crónico de Javier Milei, quien asimiló su rumbo económico pero le negó el reconocimiento y los espacios de poder prometidos. Mientras el expresidente teje redes en la sombra, la senadora Patricia Bullrich ejecuta su propio cambio de piel. La jefa de la bancada oficialista redescubrió sus adormecidos principios republicanos para plantarse frente a los caprichos de la Casa Rosada: desde exigirle la declaración jurada a Manuel Adorni hasta rechazar a viva voz el veto presidencial contra una jueza intachable por razones de parentesco periodístico, Bullrich ya no se viste de feligresa ciega del catecismo libertario.
En la Ciudad, Jorge Macri ensaya el camino inverso: ante el intento de pinzas del mileísmo porteño, el jefe de Gobierno decidió extremar su perfil y mimetizarse con el ala más dura del electorado. Su narrativa contra «la barbarie del conurbano» y la espectacularidad de los desalojos callejeros revelan la urgencia por retener al votante amarillo que migró hacia el extremismo de Milei. El alcalde prefiere ser una copia fiel de la intransigencia antes que quedar asociado al ala moderada de su partido, aquella que Fernando de Andreis sepultó bajo el rótulo de «murmullo socialista».
Esta deriva de orden extremo encontró su límite político el último fin de semana, tras la muerte de Carlos Alberto «El Indio» Solari. La decisión de la Casa Rosada y de la jefatura porteña de negarle un espacio institucional al velatorio del ídolo popular, bajo la simplificación ideológica de considerarlo un militante kirchnerista, expuso el flanco más riesgoso de la polarización. Al empujar «las hordas ricoteras» al territorio bonaerense de Axel Kicillof para evitar disturbios en la Capital, el oficialismo no solo sobreactuó rigidez en el Obelisco, sino que subestimó la transversalidad de un fenómeno cultural que excede los manuales de la grieta.
Mientras los estrategas de Balcarce 50 confían ciegamente en que el Mundial de Fútbol anestesiará el humor social y tapará los escándalos de corrupción de sus funcionarios, el peronismo y los analistas advierten sobre el peligro de aglutinar el descontento disperso. La fragmentación de la oposición opera hoy como el principal escudo protector del Gobierno, pero la historia argentina demuestra que la demanda social siempre termina ordenando la oferta política. Entre las grietas morales y de gestión que el propio oficialismo se genera, los Macri y Bullrich ya empezaron a probarse los trajes para el día después.

