Un vacío inmenso

La partida de Taty Almeida expone el triunfo de una mujer que desmontó sus prejuicios de clase para transformarse en la madre de una generación.

La muerte de Lydia Estela Mercedes Miy Uranga, conocida universalmente como Taty Almeida, marca el cierre de un capítulo irrepetible en la historia de los derechos humanos en Argentina. A los 95 años, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora dejó un vacío inmenso, pero sobre todo un testimonio político incómodo para quienes prefieren las narrativas lineales. Su vida no fue la de una militante previsible; fue la conversión absoluta de una mujer nacida en el seno de una familia militar y antiperonista que debió parirse a sí misma tras la desaparición de su hijo Alejandro en junio de 1975.

Esa procedencia castrense vuelve su figura todavía más monumental. Taty no dudó en golpear las puertas de los jerarcas que frecuentaban su entorno —comodoreos, generales y coroneles con los que compartía lazos familiares— creyendo que el uniforme guardaría alguna respuesta elemental. El portazo burocrático y criminal de la dictadura fue su bautismo de realidad. Lejos de recluirse en el silencio cómplice de su clase social, se despojó del mandato familiar, asumió el riesgo de ser considerada una espía por sus propias compañeras y se sumó a las Madres en la calle Lavalle para hacer colectiva una tragedia que hasta entonces cargaba en soledad.

A diferencia de otros liderazgos del movimiento, Almeida instaló en la agenda pública una verdad histórica fundamental: la represión ilegal no comenzó el 24 de marzo de 1976. Al denunciar que a su hijo se lo arrebataron nueve meses antes del golpe, durante el gobierno constitucional, Taty complejizó el debate sobre el terrorismo de Estado y obligó a revisar los sótanos de la violencia política previa. Su reclamo jamás se corrió de la exigencia de «justicia legal», una bandera institucional que la llevó a declarar ante la Conadep y a recurrir a cada instancia democrática disponible, rechazando cualquier atisbo de revancha personal.

Su última batalla la libró con el cuerpo cansado pero con la lucidez intacta frente al actual contexto político y económico. En sus últimos meses de vida, no dudó en confrontar los discursos negacionistas del gobierno de Javier Milei, celebrando el doctorado honoris causa de la UBA como un acto de resistencia colectiva y manteniendo el micrófono encendido en la radio pública para disputar el sentido de la memoria. Supo entender, con la astucia de la maestra que alguna vez fue, que la transmisión cultural de la lucha era la única garantía para que el legado sobreviviera a la biología de las Madres.

Taty Almeida se despidió sin lograr el milagro de encontrar un solo resto biológico de su hijo Alejandro, un dolor que habitó con una dignidad inquebrantable en el mismo departamento de Palermo del que lo vio salir por última vez. Sin embargo, logró que las poesías que descubrió en la agenda secreta de aquel joven de 20 años se transformaran en un programa político de afecto y resistencia. Su vozarrón, lejos de extinguirse, queda incorporado de forma definitiva al patrimonio ético de una sociedad que, aun en tiempos de crueldad, se niega a olvidar.