El RIGI y el fin de los dogmas petroleros en Vaca Muerta
El desembarco de GeoPark expone cómo las garantías de estabilidad están ganándole la pulseada al sesgo ideológico.
La espectacular transformación energética que vive la Argentina dejó de ser un patrimonio exclusivo de los gigantes habituales como YPF o Vista. Mientras el debate público se distrae con las grandes marcas, bajo el radar se consolidó un movimiento estratégico que redefine el mapa del sector: el regreso a Neuquén de GeoPark. La compañía, históricamente identificada con el mercado colombiano, no solo concretó hace menos de un año la adquisición de las áreas Loma Jarillosa Este y Puesto Silva Oeste en la ventana de petróleo negro, sino que acaba de solicitar formalmente su adhesión al Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) comprometiendo un desembolso superior a los u$s1.000 millones.
La hoja de ruta de la firma que conduce Felipe Bayón contempla la perforación de entre 50 y 55 nuevos pozos para catapultar la producción desde los marginales 1.500 barriles actuales hasta un plateau de 20.000 barriles equivalentes diarios hacia 2028. Para los mercados financieros, esta combinación de agresividad operativa y fundamentos sólidos convirtió al activo en una de las opciones más atractivas de la región. El papel de la empresa quebró resistencias técnicas alcanzando máximos no vistos desde 2023, sostenido por una valuación ridículamente baja: cotiza a apenas 3,2 veces su EV/EBITDA forward, pagando poco más de tres años de ganancias esperadas, una cifra muy inferior al promedio de sus competidoras internacionales.
Sin embargo, el verdadero trasfondo de esta jugada trasciende las métricas bursátiles o el análisis técnico de los gráficos de precios. Lo que GeoPark está ejecutando es un arbitraje geopolítico perfecto entre la certidumbre argentina y el declive energético colombiano. Durante años, la administración de Gustavo Petro en Bogotá asfixió al sector hidrocarburífero con trabas regulatorias y una retórica abiertamente hostil a las nuevas exploraciones, una política que forzó a Colombia a perder su autosuficiencia de gas y comenzar a importarlo. El contraste con el nuevo paradigma local es tan explícito que el propio Bayón no dudó en señalar que Vaca Muerta produce hoy cinco veces más gas que todo su país de origen.
El blindaje de 30 años de estabilidad fiscal y cambiaria que otorga el RIGI se convirtió en el imán definitivo para revertir el destino de las inversiones en el Cono Sur. Las empresas petroleras ya no se definen por su bandera de origen, sino por su capacidad de huir de los marcos regulatorios punitivos para refugiarse en cuencas que premien el riesgo del capital. Al estructurar sus bloques neuquinos bajo un Vehículo de Proyecto Único para multiplicar por más de trece veces su producción local, la compañía demuestra que el subsuelo argentino es un refugio mucho más seguro para el mediano plazo que los activos históricos sometidos a los vaivenes del dogmatismo ambientalista caribeño.
Por supuesto que quedan riesgos operativos por sortear, desde la volatilidad del precio internacional del crudo hasta la velocidad de fractura en los primeros pads de perforación. No obstante, el inminente cambio de ciclo político en Colombia —donde la oposición viene de ganar la primera vuelta electoral abriendo una ventana de desregulación— podría generar un doble viento de cola para la compañía. Entre la baja valuación actual que el mercado todavía no corrigió y la agresiva expansión en el shale neuquino, queda en evidencia que en el negocio de la energía gana el que sabe leer los tiempos políticos: la Argentina tiene hoy la estabilidad de largo plazo que a otros países se les escapó de las manos.

