El indulto como muro
La búsqueda de un panperonismo para enfrentar al experimento libertario choca contra la demanda del núcleo duro.
El peronismo atraviesa esa fase gaseosa donde todos hablan con todos para ver quién queda en pie tras la onda expansiva de Javier Milei. En un ecosistema que hoy mezcla a Kicillof con Llaryora, y a Massa con los «outsiders» del momento, la ebullición responde a una lectura optimista —quizás prematura— sobre el desgaste del Gobierno nacional. Sindicatos, empresarios y operadores de sombras se aglutinan en tertulias que intentan suturar heridas viejas para parir una alternativa de poder que no sea solo una resistencia emocional.
Sin embargo, en el centro de ese diseño asoma una condición que funciona como una bomba de fragmentación: el kirchnerismo residual ha puesto el indulto a Cristina Fernández de Kirchner sobre la mesa de negociaciones. Figuras como Berni, Parrilli y el propio ministro de Justicia bonaerense, Juan Martín Mena, han verticalizado un reclamo que trasciende lo jurídico para volverse un peaje político. La consigna de la «liberación» busca disciplinar el armado opositor antes de que logre caminar, convirtiendo la plataforma electoral en un pliego de condiciones judiciales.
El conflicto tiene su zona cero en la provincia de Buenos Aires, donde el kicillofismo intenta una emancipación que se parece demasiado a una guerra de trincheras. Las réplicas de Carlos Bianco, advirtiendo que con el núcleo duro no alcanza para ganar y que primero hay que poner un presidente, marcan el límite de un sector que teme la «albertización» por ósmosis. Para el gobernador, la presidencia del PJ provincial es un trofeo necesario, pero la ausencia de la foto con Máximo Kirchner confirma que la unidad es, por ahora, un concepto puramente retórico.
Para el peronismo no kirchnerista —ese que habita en las provincias del centro y en las oficinas de los banqueros como Brito— el indulto es percibido como un suicidio político por entregas. Los juicios por Vialidad, Cuadernos y Hotesur no son solo expedientes; son el techo de cristal de un espacio que necesita seducir al electorado independiente para volver a ser mayoría. En un país donde la imagen negativa de la expresidenta duplica a la positiva, levantar la bandera del perdón presidencial es, para muchos, elegir el confort del nicho por sobre la vocación de triunfo.
La encrucijada peronista es, en definitiva, una disputa por el sentido del futuro: o se construye una propuesta económica y estatal que ofrezca orden frente al caos libertario, o se queda atrapada en una nostalgia defensiva que prioriza la salvación individual de su jefa. El riesgo de convertir la campaña de 2027 en un referéndum sobre la impunidad es el mejor regalo que el peronismo puede hacerle a Milei. Quien quiera oír, que oiga; el resto, probablemente, se conforme con el indulto y el llano.

