El silencio de los pasillos
La clausura de la Sala de Periodistas en la Casa Rosada reconfiguran la comunicación política.
El cierre de la sala de periodistas en Balcarce 50 no es una mudanza logística, sino el desmantelamiento de un símbolo de la convivencia democrática. Durante décadas, ese espacio operó como el último retén de la pregunta incómoda y el roce cotidiano entre el poder y quienes deben fiscalizarlo. Al clausurarlo, Javier Milei no solo desplaza cuerpos, sino que cancela la geografía de la acreditación profesional para reemplazarla por el ecosistema de la validación digital, donde el algoritmo premia la lealtad y el «cloroformo» retórico neutraliza cualquier atisbo de auditoría social sobre los actos de gobierno.
La gramática del insulto —»chorros», «corruptos», «asesinos»— ha dejado de ser un exabrupto de campaña para transformarse en una política de Estado orientada a la deslegitimación del oficio. Esta pedagogía de la agresión, validada desde la máxima investidura, busca producir un efecto de autocensura: si cuestionar al poder implica someterse a una catarata de hostigamiento paraestatal, el costo de la verdad se vuelve prohibitivo. Como señaló FOPEA en la reciente convocatoria de la Comisión de Libertad de Expresión, el ataque no es un fenómeno aislado sino una estrategia de asfixia que utiliza la precariedad laboral del sector como un aliado silencioso.
La reacción legislativa, aunque necesaria, exhibe las limitaciones de una institucionalidad que todavía intenta jugar con reglas de etiqueta frente a un oficialismo que ha pateado el tablero. El hecho de que la Cámara de Diputados haya transmitido la audiencia en «modo oculto» y que el oficialismo haya pegado el faltazo sistemático a las comisiones revela una vocación de oscurantismo digital. La propuesta de crear salas de periodistas por ley es un intento de blindar lo que antes era un acuerdo tácito, pero choca con un Ejecutivo que percibe a la ley no como un marco de convivencia, sino como un estorbo a su voluntad de refundación.
El conflicto de fondo no es gremial, sino político y conceptual: Milei propone un vínculo directo con las masas a través de sus canales propios, eliminando la mediación técnica del periodismo profesional al que considera un «parásito» del sistema de representación anterior. En esta nueva arquitectura, el «periodista acreditado» es visto como un intruso en la morada del líder. Sin embargo, la historia argentina reciente demuestra que cuando el poder se encierra sobre sí mismo y clausura las ventanas de control, la desconexión con la realidad suele ser el preludio de errores de cálculo que terminan pagando las mayorías.
Finalmente, la foto de los acreditados en la puerta de Balcarce 50 es la imagen de una resistencia física en tiempos de inmaterialidad. Mientras el Gobierno celebra la «oficina de respuesta oficial» y la purga de las voces críticas, la calle y el pasillo siguen siendo los únicos lugares donde la pregunta mantiene su filo. Defender la sala de periodistas es, en última instancia, defender el derecho a que el poder no sea un monólogo oscuro, sino una conversación pública sometida a la luz de los hechos, por más que al Presidente le moleste el brillo de la verdad.

